Columna de Rafael Lenin López: El crimen es feo

Mañana se cumplen las primeras cinco semanas del 2016. En lo que va de enero hasta ayer, en Puerto Rico habían matado a 40 personas.  Esto significa que más de 40 familias, si contamos víctimas y victimarios, han sido azotadas por el crimen. O sea, más de un centenar de personas. Y es que, el que los victimarios no hayan sido atrapados no significa que estén exentos de compartir la desgracia, pues ellos y sus familias seguramente han estado pasando por calvarios ante factores que pueden ir desde los vínculos con el mundo de las drogas o por la desigualdad social. 

De todos estos crímenes, uno de ellos ha ocupado nuestra atención por la pasada semana y media. Se trata del asesinato de la fiscal Francelis Ortiz. Una joven, a todas luces emprendedora y exitosa, que fue emboscada cuando llegaba a su casa en Río Grande durante la madrugada del 19 de enero. La fiscal estaba asignada a la región judicial de San Juan y estuvo adscrita por varios años a la División de Crimen Organizado del Departamento de Justicia. Allí atendió casos tan notorios como el del convicto Álex Trujillo.

Las circunstancias de este asesinato parecen anticipar una investigación compleja. Él o los asesinos parecen haberlo planificado bien y no parece haber pistas claras.  Al menos, la Policía no suelta prenda sobre los ángulos en los que indaga.  Ello, bajo ninguna circunstancia, puede implicar que la prensa se abstenga de seguir averiguando sobre estos hechos o analizando posibles teorías que estén bajo investigación, ya que la política de silencio en el poder nunca puede suponer la autocensura de los periodistas.   

En medio de este caso, llama la atención la manera en la que nuestra sociedad mira el problema del crimen, dependiendo del caso. No es la primera vez que ocurre este debate, pero siempre es meritorio plantearlo en coyunturas como la que vivimos. 

Primero, hablemos del hermetismo de la Policía. Distinto de otros casos, el Estado es muy cuidadoso en sus declaraciones públicas cuando las víctimas del crimen son de cierta estrata social o clase profesional. Los “no haremos más comentarios” se convierten en la orden del día ante las preguntas de la prensa. El silencio que no debe existir, al menos como estrategia para evitar incertidumbre y dar la sensación de que algo se está haciendo, es la forma de proceder de nuestros oficiales públicos. En otras circunstancias, “el móvil del trasiego de drogas no se descarta” está a flor de piel en los investigadores cuando los hechos ocurren en cualquiera de nuestras barriadas pobres. Se esbozan teorías y se dialoga sin pudor sobre las investigaciones criminales. Bueno o malo, pero así es.

Mientras, esa delicadeza extrema que criticamos al Estado cuando tratan eventos particulares la replican muchos sectores “pensantes” de la sociedad. 

Gran parte de la discusión pública sobre este crimen durante la pasada semana ha girado en torno a la cobertura mediática. No a exigirle a la Policía que acelere su investigación, sino al tratamiento que se le ha dado a la noticia por la transmisión de un video que presenta un breve episodio posterior al crimen.  El video surge de unas cámaras de seguridad de una gasolinera en la que se detuvo el esposo de la fiscal, con ella y su hija, a pedir ayuda de dos policías que echaban gasolina a su patrulla.  Colegas periodistas entienden que el pietaje no añade información a la investigación. A ello yo contesto: “No sabemos”.

Se critica la difusión del video, pero no así las sugerencias implícitas y explícitas que se hacen, incluso desde otros sectores de la prensa, sobre el viudo Fermín Arraiza.  

Cuando se trata de ciertos casos o de personas ante las cuales se espera cierta empatía, principalmente por sus ideologías o filosofía de vida, se exige trato distinto. Se pide sensibilidad o más bien que se maneje el tema de otra forma. 

Usualmente no cubro casos criminales, pero puedo enumerar algunos que en años recientes me ha tocado reseñar y en los que he publicado videos de cámaras de seguridad.  

En septiembre de 2014 cubrí el caso de una deambulante arrollada en una gasolinera en la barriada Venezuela de Río Piedras y le mostré al país la terrible escena.  En septiembre del año pasado mostramos al país el momento en el que un policía era asesinado en una gasolinera de Guaynabo. En el 2007, vimos hasta la saciedad un video aficionado que presentaba a un policía de Humacao matando al civil Miguel Cáceres. En cada uno de esos casos el país agradeció la existencia de esos videos para que se lograran avances en el enjuiciamiento de los responsables. Además, se utilizaban como muestra de cuán crudo es el crimen de forma tal que nos estremezcamos cada vez más.

El crimen es feo. La cobertura del crimen es fea y es horrible. Es así porque expone nuestro fracaso colectivo en la construcción de una sociedad que pueda convivir sin recurrir a métodos medievales para resolver sus diferencias. 

El crimen tiene raíces muy profundas y complejas. Requerir sensibilidad en el manejo público del tema no debe suponer un tratamiento tonto de un mal social que no discrimina por clases sociales o profesiones.

Tenemos que cubrir el crimen de manera sensible, ética desde nuestro rol como periodistas, pero directa. Igual para unos y otros. Cometemos muchas fallas desde los medios, pero nunca debemos, por empatías, evadir nuestra responsabilidad.

Tan morbosa puede ser la publicación del video de Fermín Arraiza cargando a su esposa, como la foto del sepelio de cualquier otro asesinado, la imagen del típico cuerpo tirado en el piso con las balas a su lado o hasta la publicación del muerto jugando póker con la alcaldesa del pueblo a su lado. Sobre esos ejemplos no hay grandes quejas públicas. Al contrario, mofa en muchos casos.  

Que se ataque el crimen de la misma forma para todos, por más feo que se vea.