Todos le tenemos o le hemos tenido miedo a algo. Muchos de nosotros, cuando éramos niños, creímos haber viso fantasmas en la oscuridad o escuchado ruidos misteriosos dentro del clóset cerrado. Pero tan pronto papi o mami encendían la luz o abrían la puerta, los miedos se disipaban.
Ya con los años comenzamos a experimentar miedos que posiblemente han requerido un poco más de esfuerzo de nuestra parte para liberarnos de ellos. Algunos miedos han sido justificados; otros, heredados. Recientemente leí un interesante artículo acerca del aspecto positivo de los miedos y de la relación que existe entre los miedos y la felicidad.
El escrito me recordó que el miedo, como cualquier otra emoción, no es ni negativo ni positivo, sino completamente natural. Y por lo mismo, en vez de huir de él, debemos reconocerlo y validarlo. El sentir miedo a las consecuencias que resultarían de una acción fue lo que posiblemente nos detuvo a la hora de dar un paso del cual nos pudimos haber arrepentido. En situaciones como esas, el miedo se convierte en algo que nos frena a tiempo, evitándonos, a la larga más dolor o sufrimiento.
Los miedos que sí nos roban la felicidad son aquellos que nos paralizan consciente o inconscientemente. Y digo inconscientemente porque hay quienes que, aun reconociendo que hay algo que los está atrasando, no pueden identificar lo que es. Una de las más grandes satisfacciones de mi vida profesional es la que derivo cuando veo a mis clientes de coaching de vida descubrir y enfrentar esos miedos que por mucho tiempo ignoraron. Disfruto inmensamente verlos “abrir la puerta del closet” y darse cuenta de que el fantasma no era tan terrorífico como lo pintaban. Al igual que con los niños, hay veces que nosotros los adultos lo único que tenemos que hacer es atrevernos a encender la luz para darnos cuenta de que en realidad no había nada que temer entre las tinieblas.
¿Cómo manejan entonces el miedo las personas felices? Para comenzar, tienen el valor de reconocerlo y admiten que eso, lo que sea, les ha restado fuerza y poder. Al mirar el miedo a la cara han dado el primer paso hacia retomar el control de sus vidas. A ese primer paso le seguirá un segundo que tendrá que ver con identificar las fortalezas que tienen ya para enfrentar ese miedo. A veces con una pequeña acción, dando un pasito de bebé, podemos comenzar a fortalecer esa autoestima herida o esa confianza debilitada.
El miedo, para las personas felices y valientes, se convierte en un poderoso aliado, una herramienta de crecimiento personal que los ayuda todos los días a construir vidas que valgan la pena.
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