Opinión: Mi primer día de clases fue un duelo

Por Natasha Sagardía @NatashaSagardia

Con el regreso a la universidad regresan las preguntas sobre mi conciencia. Mi primer día de clases fue el primer día de mi hija también; la clase del destete a la hora de dormirse. La semana pasada hablaba de la importancia de los hombres en mi vida y en este primer día de clases (para ambas) ellos fueron clave.

El lunes me levanté entusiasmada por volver a la universidad. Desde que Poe estaba creciendo dentro de mí, no había pisado un salón. Comencé pensando en qué me iba a poner. Tengo un ritual particular al momento de vestirme. Para mí cada pieza tiene su historia, y cada historia, su sensibilidad. Es por eso que al vestirme trato de estar consciente de lo que carga mi ropa. Ese día decidí vestirme de negro por algunas razones: en primer lugar, es clásico; en segundo lugar, siempre queda bien, y, en tercer lugar (al ser una mamá en plena lactancia) es perfecto porque disimula pequeños liqueos.

Cuando me despedí de Poe en la puerta de la casa de su abuelo y de su tío, su mirada me dejó sentir segura, pero a la vez en un duelo. Un duelo porque sabía que empezaba la distancia  necesaria para aprender a estar separadas. Mi compañero de vida, el padre de mi hija, me llevó a la universidad y con un “disfruta; tú te lo mereces” se despidió de mí frente a la famosa torre de la UPR.

Entré al salón y me encontré con algunos compañeros. Me sentí plena en ese momento de independencia e intelecto. Mientras conversábamos de nuestras respectivas vidas,  los ojos de uno de mis colegas tambalearon en la resistencia de la gravedad y por un microsegundo se posaron en mis senos. “Lo sé”, me dije. Son senos de mamá lactante. No lo culpo. Y en ese momento, tan alerta frente a todo, sentí la conciencia plena de mi ser.

Esa primera clase me hizo preguntarme qué quiero hacer realmente con mi tiempo.
 
Al volver a buscar a mi hija, descubrí que había llorado. No me sorprendió; ya lo esperaba. Después del llanto, cayó rendida ante los brazos de Morfeo en la compañía de los hombres de mi vida, ahora los suyos. Cuando llegué a verla, mis senos se habían convertido en una especie de bloques de cemento, endurecidos por las horas sin contacto con ella. Ese duelo del primer día de clases empezó físicamente; mi cuerpo es el perfecto indicador de mi conciencia.

Nuestro primer día de clases fue como empezar el duelo contra el tiempo. Un duelo que me pone en alerta de lo que es realmente importante, que no es otra cosa que reconocer todo lo que me pasa. Todo lo que me pasa desde lo que pienso, con qué me visto para salir, lo que siento al contar con el otro, que eco hacen en mí las miradas de los demás hasta, y en especial, lo que el cuerpo mismo me comenta. Estar en alerta para mí es estar en conciencia de que la vida no es más que un continuo duelo contra el tiempo, como ese primer día de clases que deja un buen recuerdo en el cuerpo.

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