Opinión: Solo por vivir en Llorens

Por Mariliana Torres @MarilianaTorres

“Solo por vivir en Llorens somos discriminados, y lo único que queremos es que nuestros niños estudien en paz”. Con esas palabras me recibió un desesperado padre del residencial Luis Llorens Torres en Santurce que un día llamó indignado a la redacción de noticias porque el Departamento de Educación decidió cerrar la escuela donde estudia su hijo. Ese padre estaba en la protesta escolar en la calle Júpiter de Santurce, donde ubica el plantel. Pensé: ¡Otra escuela más de las tantas que han llamado con profunda molestia por el cierre! Evidentemente, no podemos cubrirlas todas, pero esta escuela, la María Martínez, es peculiar. Este plantel sirve a la comunidad del residencial Luis Llorens Torres, y su importancia radica en los recursos extraordinarios impartidos en la práctica diaria de la enseñanza a decenas de niños impactados por la pobreza y el deterioro social. En esta ocasión, encontramos a los niños y a las niñas en el patio de la escuela con caras largas que denotaban tristeza y preocupación. Los padres les acompañaban porque estaban recogiendo las notas, y ese día se enteraron de que definitivamente sus hijos serían trasladados en agosto a otra escuela elemental que, aunque está en el mismo sector santurcino, coloca en peligro extremo a la ya discriminada población. Para poder entender la preocupación de los padres, hay que conocer primero la idiosincrasia de las personas que habitan en este residencial público. Al parecer el Departamento de Educación no lo ha hecho porque, si lo supiera, entendería que los estudiantes están en riesgo. Le explico por qué.

El residencial está dividido en sectores liderados por personas que decidieron en diciembre de 2013 unirse en paz por el bien de la comunidad. En otras palabras, decidieron colgar las armas y cesar el fuego por el control de los puntos de droga luego de un dramático llamamiento de Misael Ayala, conocido como Sape, un joven barbero de 27 años que demostró que en Llorens hay gente buena. Pero recientemente esos sectores —El Medio, Providencia y Youth Center— han tenido diferencias irreconciliables, por lo que los padres de los estudiantes entienden que Llorens es una bomba de tiempo. Si procede el cierre de la escuela, los niños de elemental de la María Martínez tendrían que atravesar a pie los sectores cuyas gangas están en guerra. Esas poblaciones usualmente no se mezclan por las disputas históricamente registradas. De hecho, la escuela María Martínez ubica a un pasillo de donde operaba la conocida ganga Calle Cuatro. Lo que están haciendo los padres con su llamado es prevenir y salvaguardar la paz que bastante trabajo costó en obtener en diciembre. Muchos de esos niños han sido impactados directa e indirectamente por la disfunción imperante de las familias de los sectores que no se mezclan. Con este caso ilustro lo que podría estar ocurriendo en otras escuelas del país. Hay que ser justo con todas las partes. Muchas escuelas tienen que cerrar por falta de matrícula e infraestructura, pero hay aulas, como la de Llorens, que el titular de Educación debe reconsiderar por factores sociales. Allí en el residencial Luis Llorens Torres está el proyecto de vivienda pública más grande del Caribe y hay gente buena que quiere estudiar en paz.

La vulnerabilidad de las comunidades y las poblaciones más pobres de la Isla ha experimentado un importante aumento a consecuencia de la crisis económica, y esto a su vez ocasiona un debilitamiento de las relaciones comunitarias. Todo tipo de intervención en estas poblaciones pobres debe ser articulada con un desarrollo sostenible basado en formación, rehabilitación y educación. Si tenemos niños y niñas educados, tendremos familias sanas que aporten a la sociedad. Los niños de la María Martínez están pagando las consecuencias de la crisis educativa y social de nuestro Puerto Rico. No solo se exponen a convertirse en rehenes del continuo enfrentamiento entre bandas de delincuentes, sino en rehenes de la estigmatización de la sociedad ya discriminada por la desigualdad de recursos. Cuando llegué a la escuelita de Llorens, los padres, maestros y estudiantes me recibieron con un abrazo, pues apreciaban la atención recibida. No hay por qué negarles cariño a los niños y niñas de Sape. Mientras tanto, aún espero por la respuesta de Educación.
 

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