A diferencia de otros lugares en el mundo, en Puerto Rico no impera la costumbre de añadir la Q de queer a las siglas LGBT (lésbico, gay, bisexual y trans). Pero, antes de que pienses: “¿Van a seguirle añadiendo letras?”, me tomaré el riesgo de explicar de manera general el significado y la importancia de tan amplio y resbaladizo término.
La palabra queer no acepta traducción. Lo más cercano sería raro. Sin embargo, raro no tiene el mismo trasfondo simbólico de la palabra en inglés, pues no ha tenido los mismos procesos de resignificación y reapropiación que ha atravesado lo queer.
Lo queer nace en la calle, de eso no hay duda. Para muchas de las personas que se vieron afectadas por la persecución policiaca de los 60 y 70 en EE. UU., al igual que por los discursos de patologización de la psicología, queer representó un punto de resistencia al quitársele la carga peyorativa mediante la apropiación del término.
En los tiempos de la revuelta de Stonewall, era común ver cómo en los medios de comunicación se referían de manera despectiva a las personas lesbianas, gays, bisexuales y trans como queers. Sin embargo, su significado cambia una vez las propias personas LGBT se apropian del término para dejar al opresor sin su herramienta represora (algo así como decir que la palabra pato de manera generalizada en Puerto Rico ya no fuese insultante, sino de reafirmación y orgullo), convirtiéndose en una palabra emblemática para identificar a todo un movimiento que se reafirmaba en la diferencia y en alejarse de los establecidos rígidos de la sociedad heterocentrada.
Sin duda alguna, lo queer como lo conocemos hoy día surge de estas luchas. Por el afán de visibilizar la gran diversidad dentro de la sexualidad y el género, rechazando tajantemente el sistema heterosexual/homosexual, en el que, evidentemente, se privilegia al primero, catalogándolo como la norma, lo correcto o lo natural. Lo queer debería ser visto no como una sustancia amigable, sino como una combativa e irreverente ante preestablecidos sociales.
Por lo tanto, lo queer se coloca tanto entremedio como en el exterior de los binomios hombre/mujer, homosexual/heterosexual. Recalca que existen grandes diferencias dentro de la diferencia que es el sector LGBTQ.
Lo queer rechaza la visión de que la meta primordial sea el alcanzar la aceptación basada en la imitación del modelo heterosexual por los gays y las lesbianas. Rechaza el que se intente normalizarnos, o sea, chantajear con que únicamente seremos aceptados mientras nos casemos, vivamos en un hogar “estable”, actuemos “como hombres” si tenemos pene o “como mujeres” si tenemos vagina, y adoptemos un promedio de 2.5 hijos.
Por lo tanto, lo queer intenta recoger todo aquello para lo que las etiquetas LGBT, hombre o mujer se quedan cortas. Esta es la importancia de incluir la Q dentro de LGBT. Pues nos recuerda que no “todos somos gays”(como escuché a alguien mencionar una vez) y que una mirada superficial al asunto de las sexualidades y el género no es suficiente. Además, comunica a las personas que sienten que no encajan que no hay por qué hacerlo y que no son las únicas.
Entonces, de manera general, todas las LGBT nos podríamos identificar como queer pues rompemos con las normativas sociales. Sin embargo, lo queer es algo que se asume, pues como he tratado de explicar, abarca otra gran infinidad de posibilidades que no se encuentran bajo las siglas LGBT, hombre o mujer.
Lo queer nos reta a comprender que no todo es blanco y negro, sino que hay todo un espectro de colores. Brinda el espacio para, por ejemplo, humanos con vagina que se identifican como hombres o como ninguno, o para personas que sienten atracción física y/o emocional por otras personas con género ambiguo.
Por último, antes de decir: “¿Pero le van a seguir añadiendo letras?”, pues se está diluyendo la cosa, hay que considerar que el statement que hacemos en nuestro posicionamiento desde la diferencia es que esta es de por sí fluida, amplia y también diluida dentro de otra infinidad de diferencias. Esa es precisamente nuestra trinchera.



