Recientemente, el doctor César Vázquez planteó una reflexión que sacude los cimientos de nuestra realidad: Puerto Rico parece ingobernable no por falta de fondos, sino por un deterioro sistémico de nuestra fibra moral y social. Yo coincido con él, ya que no hay reingeniería gubernamental posible si no hay primero, o en paralelo, una reingeniería del compromiso ciudadano.
Los datos validan esta sensación de “extinción” que menciona el doctor Vázquez. Según informes recientes publicados en la prensa de Puerto Rico, como menciono en mi columna “Pero… ¿cuáles son las consecuencias?” de octubre de 2025, la tasa de natalidad en la isla ha caído a niveles históricos, acelerando una pirámide poblacional invertida que pone en precario nuestro sistema de salud y pensiones. A esto se suma que la tasa de participación laboral en Puerto Rico sigue siendo una de las más bajas del mundo (cerca del 40 %) según un reportaje reciente, lo que crea una economía artificial dependiente de transferencias federales no recurrentes. En términos industriales, operamos una planta con menos de la mitad de su plantilla activa y dependiendo de préstamos para pagar la nómina.
A primera vista, el diagnóstico del doctor Vázquez parece describir un sistema “ingobernable”. Sin embargo, su análisis nos lleva a una conclusión que todo gerente de proyectos debe internalizar: la solución no es un parche financiero ni una nueva capa de pintura de retórica política. La solución requiere una reingeniería del espíritu y de la responsabilidad individual. El doctor Vázquez señala acertadamente que hemos caído en el cinismo del “todos roban”, lo cual es un síntoma de que nuestra estructura política ha sido manejada con una ineptitud que frecuentemente se ha identificado como el principal obstáculo para la inversión privada. La corrupción no es solo un dilema moral; es un costo operativo invisible que encarece cada carretera, cada escuela y cada servicio de salud.
Sin embargo, la solución no vendrá de un “gobierno paternalista”. Como sociedad, hemos caído en el error de diseño de esperar que un “gobierno omnipresente” resuelva problemas que nacen en el corazón del individuo y la familia. En términos industriales, nosotros mismos hemos subcontratado nuestra responsabilidad ciudadana a un proveedor ineficiente, que es lo mismo que hemos criticado del gobierno y LUMA. La Reingeniería del Gobierno que proponemos en el Plan de Proyecto Dignidad no es solo un cambio de organigramas, es un cambio de paradigma que devuelve el poder y la responsabilidad al individuo. Como advirtió el Instituto de Libertad Económica (ILE) en su estudio “Los impuestos en Puerto Rico: estructura, carga tributaria y comparación con Estados Unidos”, la asfixia de la carga contributiva no es solo económica; es una fuerza de fricción que acelera la entropía del sistema que está operando. Si a esa carga fiscal le sumamos la carga moral de una sociedad que se rinde al cinismo de “todos roban”, el resultado es la parálisis operativa que vivimos, causando un sistema en estado de esa entropía que nos lleva inevitablemente al fallo sistémico si no intervenimos en los fundamentos.
El diseño de una sociedad sostenible requiere que el componente humano —nosotros— asumamos nuestra responsabilidad y dejemos de rendirla al gobierno de turno. El doctor Vázquez menciona, en su escrito, un elemento vital: ¡la necesidad de la verdad! La verdad es el único dato confiable para tomar decisiones. La Biblia dice que la verdad nos hará libres, y esto no es solo un principio teológico; es una regla de oro para la sana administración pública. Necesitamos presupuestos basados en la realidad, no en la fantasía de fondos que no volverán. Puerto Rico ha sido administrado bajo presupuestos de publicidad que venden realidades inexistentes y no podemos seguir así; todo tiene un límite y todo tiene consecuencias.
La reingeniería que Puerto Rico necesita no es solo cambiar un organigrama o consolidar municipios, es un cambio en el protocolo de nuestra convivencia. Un sistema dividido contra sí mismo no puede permanecer. La lucha por el protagonismo político ha fracturado nuestra capacidad de trabajar juntos. La reingeniería que Puerto Rico necesita requiere que aprendamos a trabajar juntos a pesar de nuestras diferencias, tal y como sucede cuando somos azotados por huracanes, que nos ofrecemos a ayudar a quien lo necesite sin mirar de qué partido son o inclusive si son o no son puertorriqueños. En la manufactura, si los departamentos de producción, ventas y mantenimiento no están sincronizados, la planta quiebra. Puerto Rico está hoy en esa fase de quiebra, no solo financiera, sino de propósito.
La solución vendrá de asumir la responsabilidad por nuestro destino. Significa aceptar que nos va a costar, que requerirá sacrificio y que, quizás, como en los grandes proyectos de infraestructura, nosotros no veamos el fruto final, pero nuestras próximas generaciones, sí, lo verán. Como bien dijo Jaime Benítez en la Convención Constituyente, nuestra cultura se informa de una “civilidad cristiana y democrática”. Es hora de que esa civilidad pase del papel a la ejecución, y comienza cuando decidimos que la verdad es más importante que la imagen, y que el servicio es superior al poder. No somos un pueblo destinado a la extinción, sino una sociedad que necesita regresar a sus especificaciones originales de fe, hermandad, trabajo y verdad. Podemos marchar juntos adelante, con la brújula de la responsabilidad y el motor de la reingeniería. Pongamos las manos en el arado y reconstruyamos la casa sobre la roca.
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