Opinión

Béisbol y sentimiento nacional

Lee la columna del sociólogo y periodista Hiram Guadalupe Pérez.

Puerto Rico vs. Panamá
Puerto Rico vs. Panamá (Jomar Parilla)

Hay momentos en los que un país se reconoce a sí mismo sin necesidad de discursos ni tratados políticos. Basta una bandera, una canción, un estadio lleno o el sonido seco de un bate golpeando la pelota —o el roce de un balón contra la malla— para que algo profundo se active en la conciencia colectiva.

El deporte, más allá de entretenimiento, actividad física o evento competitivo, es también un espacio simbólico en el que se proyectan nuestras aspiraciones colectivas, nuestras tensiones históricas y, muchas veces, nuestros sueños de país.

La sociología lo entiende como un hecho social complejo, en el que convergen dimensiones culturales, económicas, políticas y simbólicas. En otras palabras, el deporte también cuenta la historia de una sociedad y de las identidades que la habitan.

En Puerto Rico, esa dimensión es particularmente intensa, y lo estamos viviendo. Cada participación de nuestro equipo de béisbol en el Clásico Mundial provoca que hombres y mujeres, de todas las edades, se piensen a sí mismos como parte de una misma nación.

En cada jugada, en cada entrada, en cada celebración colectiva, se va tejiendo un hilo más de la identidad puertorriqueña.

Lo mismo ocurre con los jugadores y su cuerpo técnico. El equipo que salta al terreno no representa únicamente a un grupo de deportistas que disputan un campeonato. Representa, simbólicamente, a una nación cultural. Y esa representación, la de la nación puertorriqueña, posee una fuerza extraordinaria.

Puerto Rico vive una realidad política compleja. Somos un país con identidad, cultura, historia y símbolos propios, pero carente de soberanía política.

En ese contexto, el deporte se convierte en uno de los pocos escenarios internacionales donde la nación puertorriqueña puede manifestarse con su propia bandera, su propio uniforme y su propio orgullo.

Esto es posible porque el deporte internacional reconoce nuestra soberanía deportiva, un detalle que tiene un peso simbólico extraordinario. Por eso, cada vez que un equipo que representa a Puerto Rico salta al terreno, algo especial ocurre en el país.

La isla parece sincronizarse emocionalmente; las conversaciones cambian de tono, las calles se llenan de banderas y las redes sociales se transforman en un gran coro nacional.

Algo similar ocurre cuando suena el himno y los jugadores se colocan la mano sobre el pecho. En ese instante se activa una emoción compartida, una sensación de pertenencia que trasciende cualquier resultado. El partido se convierte en un ritual que nos hace vibrar desde el archipiélago caribeño hasta la diáspora dispersa en ciudades como Nueva York, Chicago, Orlando o Miami.

Se trata de lo que el sociólogo Émile Durkheim llamó efervescencia colectiva. Ese momento en que una comunidad se reúne alrededor de símbolos compartidos y experimenta una emoción común que reafirma su identidad.

No es casualidad que una de nuestras figuras más universales haya sido precisamente un deportista, Roberto Clemente Walker, quien fue mucho más que un pelotero extraordinario. En su figura se combinaron excelencia atlética, conciencia social, dignidad racial y orgullo nacional.

Clemente también sintetizó una manera de entender el deporte como servicio, como compromiso con la gente y como afirmación de identidad. No hay dudas de que cada generación de peloteros que le ha sucedido ha heredado algo de esa tradición.

Por eso no debe sorprender que el Clásico Mundial de Béisbol que se celebra en Puerto Rico despierte tanta pasión. Porque en ese escenario nuestra isla, más que competir, se afirma.

Cada hit, cada carrera y cada victoria se sienten como pequeños gestos de reconocimiento internacional que alimentan nuestra autoestima colectiva.

Esa es, quizás, la verdadera magia del deporte, que, por instantes, nos permite imaginar la nación con claridad y nos recuerda que, más allá de nuestras diferencias y de nuestras complejidades históricas, existe algo que nos une.

Ese algo, a veces, se llama música, otras veces se llama cultura, pero estos días, en Puerto Rico, se llama béisbol.

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