Opinión

El Clásico Mundial: la lección que nos deja el juego

Lee la columna del periodista deportivo e investigativo

José Encarnación + columnista
José Encarnación + columnista

Cada edición del Clásico Mundial de Béisbol confirma algo que en Puerto Rico sabemos desde hace décadas: el béisbol aquí es una religión y, por tanto, una de las expresiones culturales más poderosas del país.

El torneo, más allá de Puerto Rico, ha servido para recordarle al mundo la profundidad de ese fenómeno cultural. En nuestro caso, las imágenes del equipo nacional, la respuesta con el pelo rubio y el orgullo que despierta cada uniforme con “Puerto Rico” en el pecho evidencian que el béisbol no vive únicamente de estadísticas y contratos millonarios.

Pero el propio diseño del Clásico Mundial también pone sobre la mesa un área de grandes oportunidades que MLB tendrá que evaluar con mayor seriedad. Un torneo que busca promover el crecimiento del béisbol a nivel mundial se desarrolla bajo reglas que, con el paso del tiempo, terminan limitando la participación plena del talento disponible.

Restricciones operacionales y controles sobre el uso de jugadores forman parte de una estructura diseñada para proteger primero los intereses inmediatos, reduciendo la credibilidad de la competencia y, por consiguiente, la expansión natural de un evento que, en teoría, persigue un largo alcance internacional. Ese (des)enfoque puede convertirse en un tiro en el pie para el propio deporte del béisbol porque limita una de las herramientas más poderosas que tiene el juego de pelota para crecer y echar raíces en nuevos mercados.

Para Puerto Rico, sin embargo, el impacto del evento debe trascender el torneo mismo. El Clásico debe ser un espejo que nos obligue a mirar hacia adentro. Durante generaciones, el béisbol puertorriqueño se construyó desde la comunidad: parques municipales llenos, las pequeñas ligas activas y espacios donde el juego se aprendía entre vecinos sin ponerle precio a la enseñanza deportiva. Ese es nuestro turno grande después que el equipo nacional haga fiesta.

Así las cosas, el entusiasmo que genera el Clásico Mundial debe servirnos a todos, aquí y allá, como una lección doble: si el béisbol quiere crecer de verdad, sus estructuras deben proteger y celebrar la cultura que le da vida. Y al mismo tiempo, nos recuerda que la fuerza del deporte siempre empieza en la comunidad, allí donde el juego vuelve a ser de todos.

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