Opinión

Esta vez sí: la pusimos en Madrid

Lee aquí la columna del publicista, estratega de comunicaciones y analista cultural.

columnista
Pedro José Tocuyo

Esta vez la volvimos a poner lejos. Y no en una cancha, un escenario ni en un festival, sino en uno de los museos de arte más importantes del mundo: el Museo del Prado, en Madrid, donde por primera vez cuelga una pintura de Francisco Manuel Oller y Cestero, quizás el pintor más grande que ha dado Puerto Rico.

Es un logro que altera la manera en que entendemos nuestro propio valor cultural. Nos obliga a imaginar a Puerto Rico dentro de conversaciones que históricamente nos dejaron fuera. Porque no todo lo nuestro ha tenido la oportunidad de entrar a los grandes recintos del mundo, y aun así, Oller lo ha logrado más de un siglo después de su muerte.

Oller vivió esa paradoja. Conversó con los grandes del siglo XIX, respiró el aire artístico de París, cruzó el Atlántico cuando era un viaje incierto y regresó con una obra que nunca dependió de moda ni de sistema: dependió de luz, de memoria y de una mirada caribeña que él no estaba dispuesto a negociar. Su trabajo dialogaba con el impresionismo, pero desde aquí, desde nuestra luz, desde nuestra gente. Y aun así, el reconocimiento institucional pleno —ese que fija nombres en el canon— tardó demasiado en llegar. El éxito, cuando se trata del Caribe, muchas veces viaja con retraso.

Entre todas sus obras, es Feria francesa (ca. 1876) la que hoy carga un nuevo destino. Pintada durante una de sus estancias parisinas, pertenece al periodo en que Oller caminaba entre mercados, ferias y escenas urbanas vibrantes, observando con ojo caribeño una ciudad que hervía de modernidad. No es un cuadro monumental como El Velorio, pero tiene algo igual de contundente: la certeza de un artista que comprendió la luz europea sin renunciar a la suya.

Sus dimensiones y su energía permiten imaginarla respirando entre Goya, Fortuny y los maestros que pueblan el edificio Villanueva. No domina por tamaño, pero se sostiene por mérito: técnica, atmósfera, movimiento, historia. Su llegada no es un gesto: es una afirmación. Es reconocer que Oller también forma parte de esa conversación transatlántica que definió la modernidad pictórica.

Feria francesa es ahora parte de un patrimonio que, aunque nace aquí, no pertenece solo a nosotros. Las grandes obras necesitan circular, abrirse, encontrar otros ojos. Desde la sala 62B del Museo del Prado, más de tres millones de visitantes al año se detendrán frente a una escena pintada por un puertorriqueño que un día cruzó el Atlántico para aprender, y que hoy regresa —por fin— con lugar propio en la historia del arte occidental.

Y esta llegada recuerda algo esencial: aquí tenemos grandes artistas y obras que merecen ser compartidas. Nuestro arte es mucho más grande que 100 x 35; siempre lo ha sido. Lo que pasa es que no siempre encuentra las puertas para circular con la amplitud que merece. La entrada de Oller al Prado lo confirma: lo que nace aquí no está condenado a la geografía. Y cuando una obra cruza océanos, no se nos resta: se nos multiplica.

Todo esto ocurre con un pintor que trabajó en una época sin viralidad, sin algoritmos, sin audiencias globales. Oller no tenía plataformas; tenía pinceles. Viajaba con las manos manchadas de óleo, llevando en cada cuadro la historia de un país que todavía se buscaba a sí mismo. Ese era su alcance. Ese era su eco.

Por eso este momento no es simple ni efímero. No es una cortesía. Es una corrección histórica. Es reconocer que Oller no fue un pintor periférico, sino parte integral de la modernidad. Su mirada caribeña no fue ornamento: fue contribución. Y aunque en su época no supieron leerlo, hoy entra en el Prado como lo que siempre fue: parte de la conversación universal.

Oller no necesitaba que el Prado lo legitimara; el Prado necesitaba que Oller estuviera allí. Su llegada es tardía, luminosa y profundamente justa.

Y para nosotros, aquí y allá, significa algo simple y poderoso: esta vez la pusimos en Madrid.

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