Opinión

Rebajar en paz

Lee aquí la columna de la periodista.

columnista
Dennise Y. Pérez

Antes tú bajabas diez libras y la gente decía: “¡Qué bien te ves!” Ahora te miran como calculando, en un ejercicio matemático mental de cuándo fue la última vez y cómo compara... si compara. Yo me los imagino buscando en su cabeza las razones y pensando. JUM, eso es la inyección.

No importa que hayas dejado el refresco, que hayas dejado las chuletas de abuela, no importa que camines y tampoco si te deprimiste y esa situación emocional te quitó el hambre tres semanas.Si el cambio fue rápido, si la clavícula se asomó sin permiso, si te bajaron los cachetes por diarreas, si el mahón ahora cierra sin que tengas que estirarte y acostarte tres veces en la cama, automáticamente entras en el expediente juzgador.

Hay gente que ya no te pregunta “¿cómo estás?”, sino “¿qué te estás poniendo?”. Pero lo verdaderamente fascinante es el doble estándar. Porque esta es la misma sociedad que te recuerda cada diciembre que te pasaste con el arroz con gandules y que la primera resolución para enero debe ser dieta y gimnasio. Es la misma sociedad que en las fotos te dice “ponte de ladito”. Pero, cuando alguien logra el resultado deseado, entonces resulta que hay que sufrir, que hay que sudar, que hay que llorar en una elíptica o vomitar en una clase de spinning.

Si no hay sacrificio visible y no lo muestras en redes,- sí, porque hay que grabarse y los gimnasios ahora están llenos de trípodes- caes en la categoría sospechosa de rebajar sin sufrimiento. Ahora el fitness también requiere evidencia digital. Y por favor, no olvides el selfie sudao y colorao.

Tu proceso tiene que ser lo suficientemente doloroso para ser legítimo. ¿Cuántas ensaladas comió? ¿Cuántas veces soñó con pan sobao porque la locura de la falta de carbohidratos le estaba matando? ¿Cuántos sancochos de la tía dejó de comerse porque los almidones le iban a tumbar del sueño y eso engorda? ¿Cuántos palos se dio pero con perrier?

Nada activa más el FBI interno que ver a alguien cambiar. Eso sin contar el centenar de teorías médicas. Eso después te da rebote; eso te tumba el metabolismo; eso te daña el hígado...Opiniones médicas cortesía del primo que una vez vio un documental. Y del cuento de la tía y de la hija de la tía. Claro, hay discusiones legítimas sobre el uso de ciertos tratamientos médicos para fines estéticos. Hay preguntas válidas sobre acceso, efectos secundarios y ética. Pero esa conversación casi nunca es la que se da.

Lo más irónico es que esta misma cultura que idolatra la delgadez ahora exige que el camino hacia ella sea artesanal, orgánico, casi espiritual. Queremos bajar la panza y los chichos, pero con certificado de sufrimiento. Nos inquieta perder la narrativa de que el peso es exclusivamente fuerza de voluntad y castigo.

Tal vez el verdadero pinchazo no es el de la aguja, sino el del ego. Porque en el fondo, lo que molesta no es cómo adelgazaste. Es que adelgazaste. Y eso, para algunos, duele más que cualquier inyección semanal.

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