Opinión

¡SEGUIMOS AQUÍ! “THE ONLY THING MORE POWERFUL THAN HATE IS LOVE” (Lo único más poderoso que el odio es el amor)

Lee aquí la columna del exrepresentante.

columnista
Luis Raúl Torres

En un mundo saturado de ruido, donde los grandes espectáculos suelen diluirse entre luces, pirotecnia y cifras de audiencia, el medio tiempo del Super Bowl se transformó por unos minutos en un acto de conciencia colectiva. Allí, en la vitrina más poderosa del entretenimiento global, Bad Bunny decidió hacer lo impensable, usar ese escenario para recordarnos una verdad incómoda y urgente. No fue solo música. Fue sociología en clave popular. Fue memoria, resistencia y dignidad. Fue un mensaje que no necesitó gritar para estremecer.

“Seguimos aquí” no es una consigna vacía. Es la afirmación histórica de pueblos que han sido empujados a la periferia, invisibilizados y perseguidos, pero que se niegan a desaparecer. Para millones de migrantes latinoamericanos en Estados Unidos, ese mensaje no es metáfora, es la vida diaria. Es levantarse con el peso de la incertidumbre legal, del estigma social y del miedo constante a la deportación. Es trabajar en la sombra para sostener economías que muchas veces, los desprecian.

Desde una perspectiva sociológica, el gesto de Bad Bunny rompe con la lógica del espectáculo despolitizado. En años recientes, particularmente durante la presidencia de Donald Trump, el discurso oficial convirtió al migrante latino en chivo expiatorio. Se levantaron muros físicos y simbólicos, se normalizó el lenguaje del odio, se legitimó la sospecha como política pública. Las consecuencias no fueron abstractas, familias separadas, comunidades aterrorizadas y niños creciendo con la ansiedad de perderlo todo en una redada.

Frente a ese contexto, el mensaje proyectado “The only thing more powerful than hate is love”, no fue ingenuo ni decorativo. Fue profundamente político. Porque amar, en escenarios de exclusión, es un acto de rebeldía. Amar la identidad propia cuando te dicen que no perteneces. Amar la cultura cuando intentan borrarla. Amar la vida cuando te quieren reducir a un número o a un expediente. Ese amor no es pasivo: organiza, moviliza y resiste.

La cultura popular no es neutra. Es un campo de batalla simbólico. Quien controla los relatos, controla las percepciones y quien transforma las percepciones, transforma la realidad. Por eso el impacto fue mundial. Millones de personas latinas y no latinas vieron y sintieron un mensaje que desbordó fronteras, idiomas y afiliaciones políticas. En una sociedad profundamente polarizada, el amor fue presentado no como debilidad, sino como fuerza estructural.

Para los migrantes latinoamericanos, la expresión “seguimos aquí” significa que a pesar de las políticas hostiles, continúan aportando trabajo, cultura y humanidad. Significa que no se han ido, aunque los hayan querido expulsar. Que no han callado, aunque los hayan querido silenciar. Que no han renunciado a soñar, aunque les hayan negado el derecho a existir plenamente.

El impacto global de ese momento radica en su sencillez. No hubo un discurso largo ni una consigna partidista. Hubo una verdad universal colocada en el lugar exacto. Y eso incomoda. Incomoda porque recuerda que el odio, aunque haga ruido y gane elecciones, no construye sociedades sostenibles. Incomoda porque desnuda la fragilidad moral de políticas basadas en el miedo. Incomoda porque muestra que la dignidad no necesita permiso.

“Seguimos aquí” también interpela a quienes observan desde la comodidad del privilegio. Obliga a preguntarnos de qué lado estamos cuando se criminaliza al diferente, cuando se normaliza la exclusión y cuando se legisla desde la deshumanización. Nos recuerda que la neutralidad, en contextos de injusticia, es una forma de complicidad.

Al final, el legado de ese medio tiempo no se medirá en ratings ni en reproducciones, sino en conciencias despertadas. Bad Bunny no habló solo por los migrantes, habló con ellos. Y al hacerlo, nos recordó que el amor, cuando se vuelve colectivo, es la herramienta más poderosa para enfrentar el odio institucionalizado.

Seguimos aquí. No como amenaza. No como estadística. Seguimos aquí como pueblo, como cultura y como humanidad.

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