Opinión

¿Ya quitaron el arbolito?

Lee aquí la columna de la periodista.

columnista
Dennise Y. Pérez

Casi nunca pongo árbol de Navidad. Quizás unos detallitos, cojines, cositas sencillas que, cuando se acaba la Navidad, metes en una bolsa, la encierras en un clóset a coger polvo y hasta la vista, baby. Esa practicidad me ganó fama de Grinch. Tanto, que por un tiempo llegué a creer que lo era.

Así que esta última Navidad decidí traicionarme. Abandoné la facilidad y el pragmatismo que habían caracterizado mis días festivos y compré un árbol artificial que, para subirlo al tercer piso, me regaló una hernia espiritual. Añadí pinitos, conos de canela, velas, cojines, letreritos, jabones de Santa para los baños. Me lucí. Ojo, que el primer arbolito salió dañado y, para no bajar los tres pisos otra vez, lo puse en otro rincón de la casa y fui a buscar otro. Misma caja, mismos tres pisos a pulmón, y empezamos de nuevo.

Para ese momento, mi espíritu navideño seguía vivo, pero ya había pagado una cuota considerable de sacrificio práctico. Así que compré un árbol artificial con luces integradas. Porque ni modo que, además de todo me iba a poner a comprar y poner luces. Too much. Lucecitas y ya. Era el plan. Más tarde alguien me explicó que eso tenía nombre y que estaba de moda el naked tree. O sea, exactamente lo que yo había pensado hacer sin saber que era tendencia.

Pero entonces llegaron dos personas que toda su vida han tenido espíritu “arboliteño”: mis hermanas. Y mientras yo estaba pendiente al horno y al pavo el Día de Acción de Gracias, ellas convirtieron el árbol y la sala en un facsímil bastante razonable del Bosque Mágico. Ni yo sabía que se podía hacer tanto con un árbol. Quedó espectacular.

Han pasado 34 días desde Reyes. Veintidós si le restas las octavitas, y algunos menos si estiras tus Navidades y el chicle hasta la SanSe. Y mi(s) árbol(es) siguen ahí. Quité toda la decoración y la encerré, como de costumbre, en el cuarto menos usado de la casa. Pero los árboles —sobre todo el del Bosque Mágico— siguen firmes. Me saludan cuando bajo a hacer café de madrugada, me reciben cuando llego del trabajo y me despiden cuando me voy a acostar.

Me da pereza quitarlos. He considerado dejarlos ahí con sus bombillitas, completamente naked, el resto del año. No hacerlo seasonal, porque conozco gente que los deja todo el año y los decora según la festividad. Pero para eso habría que recordar qué viene después, y yo apenas recuerdo cuándo son los feriados. Además, ¿qué pasa si en San Valentín no tengo novio? ¿Qué se le pone al árbol? ¿Y en Cuaresma? ¿Y para Madres, Padres y todas esas celebraciones?

Me debato entre dejarlo esnú todo el año —total, en nueve meses tengo que volver a sacarlo— o desmontarlo como una persona funcional. Nadie deja la maleta hecha después de un viaje porque “pronto vuelve a viajar”. Bueno… puede que yo sí. También está la opción adulta: sacar tiempo, desmontar y aceptar que, después de la emoción navideña, viene el verdadero acto doméstico de regresar las cosas a la normalidad.

Eso sí, el pesebre hay que quitarlo. No hace ningún sentido que llegue Semana Santa y Jesús resucite al lado del pesebre.

Usted, ¿ya quitó el arbolito?

Tags

Lo Último