Opinión

Cuando el vecino se convierte en enemigo

Lee aquí la columna del abogado estadista

Alejandro Figueroa + Columnista

Puerto Rico vuelve a estremecerse ante noticias que jamás deberían volverse rutinarias: discusiones entre vecinos que escalan hasta convertirse en tragedias irreparables. Conflictos aparentemente menores —un estacionamiento, una verja, el volumen de la música, una disputa vieja que nunca se resolvió— terminan en homicidios que destrozan familias, comunidades y conciencias. Cada nuevo caso nos obliga a detenernos y preguntarnos, con honestidad incómoda: ¿en qué momento normalizamos que el desacuerdo se resuelva con violencia?

No se trata de incidentes aislados ni de “arrebatos inexplicables”. Se trata de una peligrosa combinación de intolerancia, frustración acumulada, falta de manejo emocional y una cultura que ha ido perdiendo la capacidad de convivir con el otro, especialmente cuando ese otro piensa, vive o actúa distinto a nosotros. El problema no es solo criminal; es profundamente humano y social.

La convivencia vecinal es, quizás, una de las pruebas más básicas —y más difíciles— de lo que significa ser buenos seres humanos. Vivir en sociedad implica, por definición, compartir espacios con personas que no escogimos, con quienes inevitablemente surgirán desacuerdos. Pero una comunidad no se sostiene sobre la base de la imposición ni del miedo, sino sobre el respeto mínimo a la vida y a la dignidad del prójimo.

Algo se ha roto cuando una discusión se transforma en una sentencia de muerte. Cuando la ira desplaza al diálogo. Cuando el orgullo pesa más que la vida. Cuando preferimos “ganar” una pelea antes que preservar la paz. Ninguna verja vale una vida. Ningún ruido, ningún malentendido, ninguna ofensa justifica que un hogar termine en luto y que otra persona cargue para siempre con el peso de haber cruzado una línea sin retorno.

También debemos mirarnos como sociedad. Vivimos tiempos de ansiedad colectiva, de presión económica, de discursos públicos cada vez más agresivos y polarizantes. La violencia no surge en el vacío; se alimenta de un clima donde la empatía se percibe como debilidad y la agresión como respuesta legítima. Cuando dejamos de escuchar, cuando dejamos de ver al otro como un ser humano, abrimos la puerta a lo impensable.

A diferencia de lo que muchas veces se hace desde este espacio, este no es un llamado a que intervengan las autoridades o a que se endurezcan las penas. Esto no le corresponde a agencia gubernamental alguna ni a nuestros líderes electos. Esto es, más bien, un llamado a la reflexión individual y comunitaria. A reaprender a dialogar. A pedir ayuda antes de explotar. A alejarnos cuando la ira nubla el juicio. A recordar que convivir no significa estar de acuerdo en todo, sino aceptar que el desacuerdo no nos convierte en enemigos.

Ser buenos vecinos es una extensión de ser buenos seres humanos. Significa ejercer la paciencia, la tolerancia y, en ocasiones, la humildad de ceder. Significa entender que la paz no es ausencia de conflicto, sino la capacidad de manejarlo sin destruirnos mutuamente.

Puerto Rico no puede seguir enterrando vidas por discusiones que pudieron resolverse con una conversación, una mediación o, simplemente, con distancia. Cada tragedia entre vecinos es una derrota colectiva. Y cada vez que elegimos la empatía sobre la violencia, damos un paso —pequeño pero vital— hacia la sociedad que decimos querer ser.

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