Yo conocí el término Dry February a través de un millennial.
Más o menos hace dos años y pico. Yo no sabía que eso existía. Uno bebía o no bebía. Punto. Y como que no habían días para esa decisión.
Ahora no. Ahora todo tiene nombre, calendario y hashtag. Ahora uno no deja de beber. Uno participa de un movimiento.
Febrero llega justo después de las Navidades más largas del planeta. Y cuando digo Navidades no hablo de Nochebuena a Reyes.
Hablo de ese periodo puertorriqueñísimo e indefinido que empieza cuando Costco baja el arbolito, Berrios te lo pone a la vista desde el expreso y Walmart te salta Halloween.
Seamos honestos: La Navidad termina cuando uno, sinceramente, ya no puede brindar por nada más. Porque reconozcamos. En Puerto Rico la Navidad no se acaba. Se suspende por agotamiento, por can-san-cio.
La Navidad aquí se estira. Se alarga.Se reproduce como los gremlins y siempre se encuentra una excusa.
Empieza con una copa, sigue con otra, y de pronto estamos brindando por cosas que no entendemos bien. Ahí empezamos por la salud, por el reencuentro, por el año que se fue, por el que viene, por el que no vino, por el que llegó sin avisar, por el trabajo, por la falta de trabajo y sí, por si acaso.
Entre brindis, despedidas, reencuentros, “una nada más”, parrandas improvisadas, comidas que no se pueden rechazar, pasteles con o sin kethcup, ensalada con o sin huevo o sin manzana, arroz con dulce con o sin pasas, y refrigerios que aparecen en la mano sin uno haberlos pedido, febrero llega siempre con el hígado cansado y el pantalón, mira, que ni con lubricante.
Y justo ahí, el 1 de febrero, aparece alguien hablando de Dry February. No como sugerencia, como anuncio y cuasi advertencia.
Para mí, Dry February no es dejar de beber. Es dejar de fingir que todavía estamos celebrando algo. Siendo honestos, también lo hacemos porque febrero es el mes más corto del año. Y si es bisiesto, ni cuenta, qué más dan 24 horas más, 24 horas menos.
A nadie se le ocurriría jamás un Dry July. Eso sería crueldad.Un atentado contra la salud mental colectiva.
Febrero, en cambio, es manejable, excepto el lambruscito que se quiera dar en San Valentín, no tiene grandes feriados. Es un mes que te mira y es como te dijera “brega contigo”.
En mi caso, no tuve fiestas navideñas. Las mías transcurrieron entre lutos, hospitales y demasiado Netflix, tipo 60 episodios s de María: La Caprichosa y Macho Alfa. Entre silencios, café malo y la espalda explotá.
Así que cuando me hablan de Dry February, no puedo evitar la duda legítima: ¿me toca? ¿Existe un pase médico-emocional que uno pueda presentar sin dar demasiadas explicaciones? Yo tomé una decisión que no anunciaré.
Así que si hoy, a un día de haber comenzado febrero, si usted decide hacer Dry February, haga lo que le dé paz y deje que los millennials sigan poniéndole nombre a todo.
Feliz febrero. ¡Nos lo merecemos!
