Opinión

DESDE LAS GRADAS VIENDO A LOS NENES

Lee aquí la columna del periodista deportivo e investigativo

José Encarnación + columnista
José Encarnación + columnista

Bajo las condiciones actuales, el World Baseball Classic ha perdido gran parte de su esencia original.

Lo que en su momento representó una ventana de posibilidades para la expansión cultural e internacional del béisbol, hoy se siente cada vez más como un evento subordinado a las dinámicas de control y protección impuestas por Major League Baseball.

El torneo sigue siendo un espectáculo de alto nivel y un punto de encuentro para las pasiones nacionales, pero su estructura responde primero a la supuesta lógica de “proteger” inversiones y contratos, y quizás a otras cositas más. Las restricciones sobre la participación de jugadores, los límites operacionales y las decisiones condicionadas por intereses organizacionales reducen a dedo el margen competitivo y simbólico que debería definir un evento de esta naturaleza.

Lo más frustrante es que las consecuencias de esto no recaen principalmente sobre los peloteros profesionales, cuyos caminos, en su mayoría, ya están establecidos. El impacto real lo sufre el talento emergente: los chamacos que ven en el Clásico una motivación, un escenario aspiracional y una prueba de que representar a su país es una meta tangible en tiempos tan complejos como los que vivimos. Cuando el mensaje implícito es que las estructuras empresariales pesan más que el juego y la identidad, se debilita la conexión entre la base y la élite del deporte.

Entonces, ¿de qué vale? Las políticas disque “aseguradoras” no afectan únicamente la composición de un equipo en un torneo específico. Su efecto se extiende a la base de la disciplina: erosionan la inspiración, limitan el sentido de pertenencia y reducen el impacto que este tipo de eventos debería tener en el desarrollo del béisbol en las comunidades, que lo viven como parte de su cultura y que hoy, contra viento y marea, tratan de echar pa’ alante entre parques abandonados y la retención de fondos multimillonarios que no se traducen en obra ni tampoco motivan a que se multipliquen esfuerzos voluntarios que empujen a la futura generación de “caballetes”.

El problema de raíz no es la protección de la “inversión”, algo que es lógico dentro de un modelo profesional, sino el desbalance y la desconexión. Un evento que nació para proyectar el béisbol al mundo no puede sostenerse únicamente bajo la lógica (me gusta pensar que es una obsesión) del riesgo financiero.

Cuando eso ocurre, el Clásico deja de ser una herramienta de crecimiento global y se convierte en un reflejo de las mismas desigualdades estructurales que ya dominan este y otros deportes, como un cancer metastizado. El daño que genera toda esta desigualdad de trato no es deportivo. Es un daño cultural, formativo y generacional.

Y ese tipo de pérdida es mucho más difícil de recuperar que cualquier lesión en una temporada.

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