La tragedia del incendio en un bar del centro turístico de Crans-Montana, en Suiza, donde decenas de personas han perdido la vida y más de un centenar resultaron heridas, nos devuelve dolorosamente a un recuerdo que en Puerto Rico sigue vivo: el incendio del Hotel Dupont Plaza en San Juan, ocurrido el 31 de diciembre de 1986.
Ambos eventos comparten un elemento simbólico y devastador: ocurrieron en la noche que el mundo reserva para celebrar la esperanza de un nuevo año. Y en ambos casos, la alegría colectiva se transformó en caos, humo, desorientación y muerte en cuestión de minutos.
En Suiza, los reportes iniciales apuntan a un local con alto uso de madera y materiales combustibles en techos, paredes y decoración, unido a gran concentración de personas en un espacio cerrado. La propagación del fuego habría sido extremadamente rápida, generando humo tóxico y condiciones incompatibles con la supervivencia en muy poco tiempo.
En Puerto Rico, el incendio del Dupont Plaza —que cobró la vida de 97 personas— también se vio agravado por materiales de construcción, falta de sistemas adecuados de protección y rutas de evacuación limitadas, lo que convirtió un fuego localizado en una catástrofe de proporciones históricas.
La coincidencia de fechas no es un detalle menor. Las despedidas de año concentran grandes cantidades de personas en espacios interiores. La música alta, el consumo de alcohol, los efectos visuales y la energía del momento pueden disminuir la percepción de riesgo. Y cuando el fuego aparece en un entorno altamente combustible, el tiempo real para evacuar no se mide en minutos, sino en segundos.
Desde la óptica de la seguridad humana, hay un principio irrefutable: los materiales importan. Y las rutas de escape importan aún más.
Espacios revestidos en madera, con techos bajos, decoración inflamable y gran ocupación representan una carga térmica altísima. Si a esto se suma el uso de bengalas, chisperos o efectos pirotécnicos en interiores, el resultado puede ser devastador.
Sin embargo, de tragedias como el Dupont Plaza surgieron cambios regulatorios, mayor fiscalización y la adopción más amplia de normas como NFPA 101 (Life Safety Code). Cada requisito en esos códigos —desde la clasificación de materiales combustibles hasta la capacidad de ocupación y la protección pasiva y activa contra incendios— ha sido escrito con dolor humano de por medio.
Hoy, la pregunta imprescindible es: ¿estamos aplicando esas lecciones de manera consistente y responsable?
Porque la seguridad no ocurre por casualidad.
Se diseña. Se inspecciona. Se exige. Y, sobre todo, se respeta.
En momentos como este, cobra especial vigencia la reflexión del legendario Jefe del Cuerpo de Bomberos de Puerto Rico, Raúl Gándara: “El mejor fuego es el que nunca comienza”.
Esa frase resume toda una filosofía de prevención: la verdadera victoria no está en apagar incendios, sino en evitar que ocurran.
Mientras el mundo llora a las víctimas de Crans-Montana, también recordamos a las del Dupont Plaza. Ambas tragedias nos llaman —con urgencia— a mantener la prevención como prioridad en hoteles, restaurantes, bares y centros de entretenimiento.
La estética nunca puede colocarse por encima de la vida. La tradición festiva nunca puede justificar el riesgo. Y el cumplimiento normativo debe ser una cultura, no un trámite.
Cada persona que sale de su hogar para celebrar debe poder regresar.
Ese es, y seguirá siendo, nuestro mayor compromiso con la vida.
