Opinión

Vivir con esperanza ante una realidad perturbadora

Lee aquí la columna del vicepresidente del Proyecto Dignidad.

Los retos que enfrentamos en Puerto Rico con relación a nuestra realidad política y económica son de una complejidad inmensa. A eso se le suma que estamos experimentando cambios drásticos en medio de una encrucijada histórica donde se fragua ante nuestros ojos un realineamiento de los poderes geopolíticos. En un mundo donde la tecnología nos invita a jugar con los linderos de la realidad, la imaginación, lo humano, lo artificial, lo personal y lo comunitario, nos enfrentamos continuamente a la tentación de abrazar la polarización cultural y política, descartando la posibilidad de construir una comunidad en donde la unidad en la diversidad sea posible.

Me atrevo a aseverar que uno de los mayores retos que enfrentamos como sociedad es el proveer un sentido de comunidad que no sea exclusivamente determinado por las ideas y las creencias que abrazamos como individuos. Las grandes civilizaciones se han construido en un fundamento común que brindaba una base de capital social compartido que iba más allá de la política y, por lo tanto, impedía que los desacuerdos políticos definieran las relaciones personales.

Ese capital social, ya sea que lo consideremos en términos de patriotismo, historia compartida o sueños y esperanzas comunes para con instituciones como el matrimonio, la familia y la comunidad, aparenta irse disipando en el horizonte. Y una vez que la historia, la comunidad geográfica y la familia desaparecen como puntos de referencia definitorios de quiénes somos, solo quedan las ideas. Entonces, van desapareciendo aquellos puntos de unión que nos mantienen solidarios y comprometidos unos para con los otros sin importar la marca que hubiésemos hecho en la papeleta o a quienes apoyamos en la última elección. Hoy el ambiente político nuestro de cada día hace sentir más difícil el lograr la solidaridad y la empatía necesaria para construir hacia el futuro. Aparentamos querer crear un ambiente social en donde solo triunfen los que piensan políticamente como yo, al otro hay que eliminarlo, cancelarlo, desarraigarlo y humillarlo.

Ante un cuadro como el anterior, uno de los frutos que puede surgir de esa fragmentación social e ideológica es la desesperanza y el pesimismo. Es difícil ser optimista cuando el mundo parece estar marcado simplemente por el interminable choque de opiniones incompatibles que se anulan unas a las otras, dejando a los individuos en el mismo lugar, y con la sensación perenne del inmovilismo. Sin embargo, la desesperanza no puede ser el fundamento sobre el cual construir el futuro de Puerto Rico, ni tampoco puede serlo la ira que lleva consigo a la actitud de querer tomar la justicia en nuestras manos y arrasar con todo, quemarlo todo, hasta que se sacie el hambre de justicia que puede convertirse en saco roto. La pregunta es ¿ante la gran fragmentación que experimentamos, hay posibilidades de poder construir un proyecto de país?

Al menos todavía queda un reducto débil, pero presente, de las instituciones que nos permitieron un día prosperar. Esas instituciones democráticas y comunitarias no se han eliminado por completo, sus raíces están ahí. Muchos podrían descartar lo anterior como simplista, pero a pesar de todo lo perturbador de nuestra vida cotidiana, de las fallas que se subrayan día a día en la ejecución gubernamental y sus dependencias, así como de nuestras instituciones sociales, las mismas están presentes, y en muchas ocasiones funcionan correctamente. No todas las sociedades hoy en día pueden afirmar eso.

En ese esfuerzo, el fortalecimiento de nuestras familias es primario. Podemos, y debemos, abrazar la responsabilidad de educar a nuestros hijos con el ejemplo de tratar respetuosamente y con dignidad al prójimo con quien no estamos de acuerdo. El civismo y el respeto mutuo hoy en día se ve como un signo de hipocresía o debilidad o de falta de integridad, hasta como falta de carácter. Debemos evitar a todas luces la tendencia, tanto de la izquierda como de la derecha, de hacer que todo en nuestras vidas se torne en un asunto político. No tenemos que rendirnos a tal servidumbre. Podemos convertir nuestros hogares en lugares en donde la hospitalidad es honrada, donde el otro es bienvenido, donde el civismo es atesorado como una virtud.

Finalmente, tenemos que mantener viva la esperanza de lo trascendente. Como pueblo le hemos expresado al mundo que nos constituimos como sociedad poniendo nuestra confianza en el Dios todopoderoso. Sin esa esperanza viva, incorruptible, inmarchitable e inmarcesible, nunca podremos enfrentar los retos y las adversidades que nos esperan. Hay que ser valientes y atrevernos a vivir con la esperanza puesta en Dios. Joannes est nomen ejus.

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