Columna de David Hernández: La bendición de una enfermedad
Cada mes aparece alguien que conocemos con una enfermedad terminal y cuando ocurre, no dejamos de pensar en nosotros o en las personas cercanas que amamos. La…
Por David Hernández
Cada mes aparece alguien que conocemos con una enfermedad terminal y cuando ocurre, no dejamos de pensar en nosotros o en las personas cercanas que amamos. La edad dejó de ser un factor. Continuamente nos enteramos de personas jóvenes que contraen cáncer. El factor tiempo también parece traicionarnos; un día vemos a alguien totalmente saludable y el otro día ya no está.
Cuando eso ocurre, que nos llega una noticia realmente sorpresiva, caemos en el abismo abstraído del silencio, buscando respuestas que probablemente no vamos a encontrar, cómo; ¿Qué haría si a mí me pasa? ¿Si le da a la persona que yo amo, cómo lo voy a tomar? ¿Si le toca a uno de mis hijos? En fin, nadie sabe a ciencia cierta, cómo reaccionaremos ante tales posibilidades.
Lo único que realmente tenemos seguro es la muerte, que eventualmente nos tocará a todos. La muerte, una palabra nefasta que infunde temor y es solo porque ha sido representado como algo maligno, cuando en realidad es un proceso natural de transición a otro estado. Ha sido la sociedad, nuestra cultura las que nos han hecho pensar que la muerte es mala. Es el proceso más natural que tendremos que enfrentar todos, en algún momento de nuestras vidas, es esa transición a nuestro estado natural, que es el espíritu y nos va a llegar.
Quizás es el desconocimiento de lo que nos aguarda al otro lado del umbral lo que nos llena de temor o en la manera que hemos alimentado el ego que nos hace sentir imprescindible de los demás. Nos creemos que es demasiado pronto para dejar a los hijos, los nietos o la pareja. Nos hacemos de la idea que harán todos ellos sin mí. En otras ocasiones, nos creemos que hay tanto más por hacer, por ver y compartir. Nos queremos convencer que este no es el momento oportuno y que es vital que aplacemos de una manera u otra, nuestra partida.
Si creemos en la perfección de nuestro Creador, que todo está sintonizado y en orden divino, entonces dejemos todo a su voluntad. No es que no hagamos nada por mejorar, es que aceptemos la voluntad que independientemente de lo que hagamos, aceptemos la voluntad que el universo nos tiene. Nada se da por coincidencia, todo tiene su propósito, cada instante está calculado según las sagradas escrituras:
Mateo 10 29 “¿No se venden dos gorriones por una monedita? Sin embargo, ni uno de ellos caerá a tierra sin que lo permita el Padre; 30 y él les tiene contados a ustedes aun los cabellos de la cabeza”.
Todo cuanto somos, hacia dónde vamos y lo que logramos está escrito, nada es dejado al azar. Desde el momento en que nacemos y el día en que partimos y las lecciones que habremos de vivir, están debidamente documentados en el Libro de la Vida. Entonces; ¿Qué sentido tiene declararle la batalla al cáncer o a cualquier otra enfermedad? ¿Resistirnos a lo inevitable? Esto solo hace que magnifiquemos el ego y es el ego el que buscará hacerte sentir que no estás listo para partir, que no estás preparado para esta lección de vida, que eres necesario, que es injusto y que Dios te ha abandonado.
Si nos distanciamos de la incertidumbre y el dolor que nos acecha la noticia de una enfermedad y evaluamos cuidadosamente el propósito de por qué nos llega la misma, descubriremos que no es un castigo divino, que nuestro entorno no se detendrá y que el mundo no dejará de girar. Que todo lo que podría tener consecuencias es para bien, que habrá crecimiento, que nos podremos despegar de lo material y de todo aquello que antes creíamos importante, ahora nos damos cuenta que todo es pasajero.
La enfermedad lejos de ser una maldición, es una bendición. Nos ayuda a poner en perspectiva lo que realmente es importante, se presentan enseñanzas en el camino para ti y los tuyos que antes parecían imposibles de obtener. Es una bendición porque le damos valor aquello que antes parecía insignificante y porque vemos el valor en nosotros a través de los ojos de los demás. Si lo permitimos, nos ayuda a fortalecer el espíritu, no solo el nuestro, también el de las personas cercanas. Si abrazamos la transición, obtendremos una fortaleza de espíritu y comprenderemos nuestras lecciones, pero más allá de lo que obtenemos, también ayudamos aquellos que están cerca de nosotros.
No debemos temer retornar a nuestro estado verdadero, es aceptar con amor aquello que nos aqueja y permitir que todo fluya, confiado que todo llegará en el momento que nos corresponde. Aceptar, sea cual sea el resultado que nos corresponda, vivir o lograr nuestra transición, sigue siendo parte de nuestro destino. Por lo tanto, no liberes una batalla contra la enfermedad, reconcíliate con ella, busca llegar a un acuerdo y aceptar que la decisión que tome el Universo, va de acuerdo a tu propósito de vida.
Autor de la novela: El Alquimista del Espíritu.

