Columna de Rafael Lenín López: Tego tiene razón
Que si Tego abandonó el programa de Las seis, que si Ricky propuso otro tubo, que si Danny o Erika vienen, que si al animador no lo ama nadie, que si las nenas…
Por Rafael Lenín López @LeninPR
Que si Tego abandonó el programa de Las seis, que si Ricky propuso otro tubo, que si Danny o Erika vienen, que si al animador no lo ama nadie, que si las nenas estaban peleando y nadie las separó.
Así se nos van las semanas, los noticiarios, los debates públicos, los estatus en Facebook, los posts en Twitter en esas cosas.
Todos somos cómplices. Todos, comunicadores y consumidores de lo que producen los medios, promovemos el debate estéril, y una masa lo acata sin mayores cuestionamientos.
¿Saben qué? Tego tiene razón.
El país se nos cae. Una generación se va buscando el sueño americano que no existe. Mis sobrinos crecen en Texas. Todo se pone más caro y se hace insostenible tener calidad de vida. La clase media trabaja hasta el cansancio para mantener de pie un país donde siete de cada diez personas viven, como dice El Gran Combo, “comiendo y sin trabajar”. Un grupito conformamos el sector poblacional en el que están los que tenemos tres o cuatro trabajos para darle bienestar a la familia. Y sí, bienestar supone vivir en una urbanización cerrada, porque el Estado no me provee seguridad. Sí, también supone matricular a los nenes en la escuela privada, porque la escuela pública que me toca no es lo que yo quiero para mis hijos. Y sí, supone comprar todas las comodidades que pueda ante un entorno que no lo provee como una cuestión natural.
¿Saben qué? Para mí, Tego tiene razón. Y sé que está promocionando su concierto de mañana. Pero, independientemente de cualquier estrategia promocional, que dudo exista con el incidente del lunes, tiene razón. Ya cansa. Escuchar los mismos debates del establishment es como estar ante una gran pantomima que pretende mantener a una masa con la falsa esperanza de que mañana todo será mejor. Claro, todo será mejor si se hace lo que yo digo, dice cada cual.
Vamos para cuatro años discutiendo un plan fiscal para Puerto Rico, una reforma educativa, y nada pasa. Llevamos años y años hablando de levantar la economía, incentivar la agricultura, realizar reformas sociales para eliminar el mantengo, crear empleos, acabar con la desigualdad social, hacer más eficiente el Gobierno, y nada gigantesco pasa en ninguna de esas áreas.
Es como un gran teatro en el que los mismos actores alargan las escenas a ver si la audiencia duerme para que al final despierten y aplaudan por ósmosis.
Hay muchos por ahí desgarrándose las vestiduras porque Tego Calderón se levantó de una silla en medio de un debate “sosegado” sobre nuestra política diaria y fue intolerante ante la opinión distinta.
¿Saben qué? Tego tiene razón. En este país son los mismos dos partidos los que nos tienen así y nuestro sistema electoral hace imposible que los Juan del Pueblo de la vida aspiren con éxito a puestos electivos si no se someten a la mafia de los partidos políticos. ¡Oops, dije mafia! Pero nadie se alarme. Me refiero a esas estructuras partidistas “democráticas” en las que el embudo está diseñado muy estrecho para que solo pasen los elegidos, los alcahuetes, los bonitillos y los bendecidos por las cúpulas. Nuestro sistema electoral está diseñado para entrampar a cualquiera que no esté adscrito a las estructuras de poder. Pocos buenos se cuelan por ese embudo.
Teniendo a la vuelta de la esquina un evento electoral, propongo que promovamos una masa electoral crítica e intolerante. Una población intolerante a la demagogia, a los discursos trillados y a las propuestas recalentadas.
Anhelo, además, para este ciclo electoral periodistas y medios que asuman también la intolerancia como política para combatir la mentira.
Asumamos la actitud correcta y tiremos al medio al que se burla de la gente.
Por ejemplo, la semana pasada, dos funcionarios de Gobierno, el director de la Administracióm de Sevicios Generales y su oficial de prensa, me mintieron sobre el proceder que le dieron a la investigación sobre el mal uso que le dio Juan Eugenio Hernández Mayoral al vehículo oficial que tiene asignado como director de la Oficina de Puerto Rico en Washington. No se trata del más grave acto de corrupción cometido en nuestra historia. Lo sé. Pero en la medida que indagaba como periodista sobre el particular, me resultaba asqueante enterarme de cómo funcionarios de alto nivel en el Gobierno y en La Fortaleza se prestaron para minimizar y proteger a un funcionario cuyos logros, aparte de ser hijo de un gran consejero del gobernador, son los mejores guardados de la administración de Alejandro García Padilla.
Prometieron un plan fiscal y ahora resulta que no, que no hablaban de presentarlo al país antes del domingo, sino de una presentación interna entre asesores y el gobernador. Aún planifican cómo lo divulgarán.
Andamos entre burlas y mentiras. En el juego de palabras como si se tratara de un chiste. Andamos también entre protestas estériles de sindicatos y organizaciones que escogen luchas livianas para hacer escándalos fugaces mañaneros. Mientras la gente anda sedada aceptando los discursos de una y otra parte sin el más mínimo cuestionamiento.
Ya lo cantó Fiel A La Vega en los 90, “se comen la carne y te dejan los huesos… Hay un pueblo durmiendo”.
Así que, como Tego, hay que levantarse de la silla. Basta ya del “ñeñeñé” en la discusión pública y asumamos todos nuestra responsabilidad con el país. Y no se trata de ignorar la banalidad. Lo reprochable es sustituirla por el debate pertinente al escenario que enfrentamos.
Tenemos que ser intolerantes y levantarnos de la silla. Los tiempos lo requieren.

