Columna de Armando Valdés: Netflix en La Habana
NOTA DE LA EDITORA: Esta es la primera de una serie de columnas que publicaremos esta semana con las reflexiones de nuestro columnista Armando Valdés durante un reciente viaje a Cuba.
Por Armando Valdés @armandovaldes
En un club nocturno en El Vedado, el humorista Otto Ortiz comenzaba su rutina comentando lo contento que estaba con la disponibilidad de Netflix en Cuba y cuánto más contento estaría si a su vez tuviera acceso a la internet. En cambio, en la televisión nacional, el periodista y jefe de la página cultural del diario oficialista Granma, Pedro de la Hoz, hablaba sobre las nuevas formas en las que se consumían los contenidos mediáticos sin hacer referencia a la evidente falta de interconexión que las haría posibles en la mayor de las Antillas.
Desde mis primeros dos periplos en los años noventa, hasta este más reciente en febrero, muchas cosas han cambiado en Cuba. El empresarismo, o cuentapropismo en el argot de esta tardía etapa de la revolución, transforma las calles de La Habana, esquina por esquina. Restaurantes, heladerías, barras y hasta pubs al estilo británico, actualizan la ciudad y le dan un aire que la asemejan a las ciudades capitalistas de Occidente.
Sin embargo, por mucho que Cuba haya podido cambiar, la transformación a su alrededor ha sido más marcada, producto de otro tipo de revolución: la digital. En un mundo donde las poblaciones más geográficamente remotas tienen acceso a la internet, Cuba, a apenas 90 millas de EE. UU., es una rareza cuya realidad choca hoy aún más con la del ciudadano global, acostumbrado a una conexión constante a Twitter y a Facebook.
Esa desconexión es evidente al instante que se arriba. La telefonía móvil solo opera a través de una compañía del Estado, la cual provee únicamente de servicio de voz, mensajería por texto y una cuenta de email bajo el dominio nauta.cu, propiedad también del Gobierno. Turistas o cubanos dispuestos a pagar cinco CUC —equivalente a unos seis dólares estadounidenses— pueden acceder a la internet, a una buena velocidad, por media hora desde el lobby de la mayoría de los hoteles de la capital. De más está decir que estas tarifas resultan prohibitivas para el cubano promedio.
Estos tienen que conformarse con el acceso que pueda concederles el Gobierno por razón de su empleo, o con una conexión casera, adquirida en el mercado negro de personas que utilizan módems para vender, de noche y en los fines de semana, el acceso que tienen desde su lugar de trabajo. El costo de estas conexiones es también elevado y está reservado para quienes les sobra algo de dinero luego de cumplir con sus necesidades básicas o, en algunos casos, para aquellos que están vendiendo, extraoficialmente, sus servicios como programadores a compañías extranjeras.
Para Otto, House of Cards tendrá que esperar.
Nota del autor: En febrero de este año, apenas dos meses después de haberse iniciado un proceso histórico de reconciliación entre Cuba y EE. UU., visité La Habana. Mis experiencias anteriores en el país —de muy joven— se remontaban a 1994, en pleno periodo especial, y a 1999, cuando el acercamiento de un recién elegido Hugo Chávez con Fidel Castro, apuntaba a una estabilización económica postsoviética. La apertura de embajadas de los dos viejos rivales es un desarrollo de aún mayor importancia en lo que respecta la relación de nuestro país con la isla hermana. En ese contexto de cambio, esta serie de artículos reflejan mis impresiones de un lugar que, a pesar de ser la cuna de mis padres, no deja de ser extranjero y nuevo cada vez que lo visito.

