Opinión: Comunión
En medio de tanta discusión estéril a la que uno está expuesto diariamente, tuve en estos días un buen bálsamo. Fui testigo del momento en el que mi hijo y un…
Por Rafael Lenín López @LeninPR
En medio de tanta discusión estéril a la que uno está expuesto diariamente, tuve en estos días un buen bálsamo. Fui testigo del momento en el que mi hijo y un grupo de niños extraordinarios compañeros suyos de escuela hicieron su primera comunión, esa celebración en la que los católicos reciben por primera vez la hostia consagrada, con todo el simbolismo religioso e histórico que ello representa.
Debo decir que la ceremonia a cargo del monseñor Emilio Cummings en la iglesia del Perpetuo Socorro en Miramar superó mis expectativas. Fue un evento sublime. Observé a unos niños genuinamente listos y ansiosos por dar ese paso como cristianos. Hasta nerviosos estaban. No me canso de felicitar a la Sra. Baralt, su maestra de religión, por haberlos guiado por meses en lo que fue una preparación completa y profunda. Rafa y sus amigos exhibieron tanto fervor por el momento que estaban viviendo que ayer, en medio de su field day, comenzaron a entonar uno de los cánticos que presentaron en la misa del pasado fin de semana.
¿Por qué encaminar a mi hijo con una formación particular? Esta es una de esas preguntas constantes en la vida de un padre. Uno tiene que decidir diariamente a qué ambientes expone a sus hijos y qué ideas descarta en el proceso de la crianza. En ese análisis, el aspecto religioso siempre genera un gran debate, sobre todo, entre quienes usamos diariamente con mucha intensidad el pensamiento crítico.
El sábado, a la misma hora en la que estos niños recibían uno de los más importantes sacramentos de la fe católica y el sacerdote invocaba la protección celestial, al otro lado del planeta miles de personas morían en Nepal como consecuencia de un gran terremoto. ¿Dónde estaba Dios?, me planteaba el lunes de manera retórica un comentarista radial triste por la tragedia. Esa ha sido una pregunta recurrente en distintos momentos de nuestra historia universal. De pronto, vino a mí la imagen de la primera comunión y ese evento “angelical” del cual fui testigo. Y con esas dos imágenes llegó a su vez el debate interno sobre la racionalidad de la enseñanza que como padres pretendemos para lo más que amamos.
Concluí que sí. Es totalmente racional proveerles a nuestros niños el acceso a una enseñanza religiosa y a unos valores cristianos, para que ello sea una de las vías mediante las cuales conozcan la importancia de querer al prójimo y de ser solidarios con la comunidad que les rodea. Así se lo ha dejado saber también a Rafa uno de sus guías religiosos, el padre Pedro Rafael Ortiz, quien lo bautizó. Semanas antes de la primera comunión, el padre Pedro accedió a recibir en su iglesia del barrio Naranjo de Gurabo a varios compañeros de mi hijo, miembros de una manada de niños escuchas. Allí les habló de la importancia de seguir los valores de la solidaridad en todas las causas sociales. Si eso ocurre, como espero, ya esa es una ganancia monumental. Más adelante podrán impugnar, desde el amor que les inculcamos ahora, las ideas que habrán estudiado.
Nuevamente viví junto a Priscilla y nuestra familia otra etapa importante en la vida de nuestro Rafael Antonio. Vi su carita, feliz, ilusionada, ansiosa y creyente en el paso que estaba dando. Recuerdo cuando lo hice a su edad en la iglesia Nuestra Señora de la Merced en Ponce. Junto a Rafa, había muchas caritas felices como las de Pablo, Luiggi, Gustavo —los dos—, Joaquín, Alicia y tantos otros. Ilusionados también estaban los maestros, a pesar de lo rutinario que podría parecer para ellos esta actividad. Felices también estaban los papás y familiares, celebrando por lo alto este gran paso de nuestros pequeñines. Al final eso es lo que cuenta. Lo que cuenta es que vivamos compartiendo ideas, unidos, con propósitos similares por el bien común. En fin, en comunión.
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