Opinión: El gallo de las 4:30 a.m. y mi paseo por el viejo San Juan

En mis días pasan muchas cosas. Normalmente, empiezan con los gallos de mi vecino, que, por alguna razón extraña, tienen una idea del amanecer muy adelantada…

Por Natasha Sagardía @NatashaSagardia

12 feb 2015, 11:00 pm 3 min de lectura

En mis días pasan muchas cosas. Normalmente, empiezan con los gallos de mi vecino, que, por alguna razón extraña, tienen una idea del amanecer muy adelantada. Comienzan a cacarear desde las 4:30 a. m., cuando aún por las ventanas de mi cuarto solo se ve penumbra y el reflejo de una mujer cansada en los cristales. Una hora más tarde, el café mañanero, la sonrisa de mi hija con ganas de empezar el día  y la aventura posterior de tener que alimentarla.

Hace muchos años tomé la decisión de vivir cerca del campo y de la playa, una combinación que nos ha hecho movernos lejos de la ciudad y, en especial, de la ciudad ícono de Puerto Rico, el Viejo San Juan. Hay días en los que visito esta ciudad  con orígenes  militares del siglo XVI y  no puedo evitar reflexionar sobre la  preservación. O sea, el acto de decidir como autoridad qué es lo que se protege y que no para las generaciones venideras.

El Viejo San Juan es, para mí, una especie de mundo paralelo que tiene Puerto Rico. Un lugar en el que uno puede pasar como otro turista más entre los cientos de pasajeros que desembarcan en su puerto y  se aventuran a conocer esa imagen de país. 
La imagen patrimonial  para representar lo que hay para ofrecer y lo que no se debe olvidar.  Según el académico  austriaco Alois Riguel, interesado en el culto a los monumentos, estos son preservados primero por su relación con el pasado y, segundo, por una intención particular de quien lo considera o no un monumento. 

Ayer dimos una vuelta en el carro alrededor del Viejo San Juan y nos sorprendió un artista ambulante que dominaba una “gallina de palo” como si fuera una mascota. Las que andan por casa dan coletazos al mínimo acercamiento. El artista atraía con gran genialidad a los turistas y a sus cámaras. Él usa lo que tiene para vivir. Bueno, no solo lo que se tiene, sino lo que tenemos de sobra. Su presencia hacía contrataste, y eso lo hacía pintoresco y especial.

El Viejo San Juan, desde su inicial interés de seguridad militar hasta su protección actual de carácter patrimonial histórico, parece ser el gran monumento de la seguridad visual de lo que es el país. No creo que sea una casualidad que las oficinas gubernamentales más importantes se encuentren allí. Eso me hizo pensar en que, obviamente, proteger el Viejo San Juan como patrimonio nacional es una elección clara del
Gobierno e impulsada desde las autoridades desde la creación de sus murallas.

No puedo evitar preguntarme, si yo fuera la autoridad del país, qué propondría preservar como patrimonio nacional.  La respuesta no viene de manera obvia e inmediata, al menos no para mí. Es que identificar el  patrimonio es una decisión en comunidad, como propone el estudioso Francoise Choay. Las 4:30 a. m. de cada uno son distintas, y las nociones de cada cual sobre qué es importante, permanezca en el tiempo o no, también lo son. Supongo que empezar a pensar qué es importante preservar como comunidad podría darnos ciertas ideas nuevas de patrimonio nacional fuera del Viejo San Juan.

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