Opinión: Las rutas y rutinas de mi cuerpo

En el inicio del curso Cuerpo y Ciudad recibimos como primera instrucción de la profesora Noemí Segarra, artista del performance, observar con detenimiento…

Por Natasha Sagardía @NatashaSagardia

18 dic 2014, 11:00 pm 2 min de lectura

En el inicio del curso Cuerpo y Ciudad recibimos como primera instrucción de la profesora Noemí Segarra, artista del performance, observar con detenimiento nuestra cotidianidad.

“Quiero que piensen en sus rutas y rutinas”, dijo mientras caminábamos por la glorieta de la UPR. “Yo no tengo una rutina clara. Todos mis días son diferentes”, pensé.

Salí agobiada por el esfuerzo que representaba para mí sentarme a pensar. Opté por no pensar y “sin querer queriendo”  (rememorando al Chavo) estaba empezando a identificar mis rutas y rutinas. Por ejemplo, me di cuenta de que estoy siempre tan pendiente del próximo paso,  en la velocidad de mi vida, que no flexionaba las piernas al recoger todos los juguetes de Poe, sino que doblaba la espalda, en un ángulo muy incómodo y estiraba los brazos, imaginando que así ganaba más tiempo.

Si quisiera llevar ese ejemplo de una rutina a la posibilidad macro de cómo vivo mi cotidianidad, podría decir que por acortar el tiempo paso más trabajo y a la larga es tiempo que le quito a mi cuerpo. Vivo a veces tan ocupada mental y físicamente que dejo de pensar en la conexión más inmediata que tengo con él  y suelo pensar más en la interacción que tengo con lo que está fuera.  Llegué al entendimiento de que ando exigiendo a mi cuerpo un compromiso total que no estoy segura de tener con él. 

El primer desafío que presentó esa instrucción hizo que aminorara el paso, un paso que con una niña de 10 meses, un huerto, un posgrado, una compañía, un esposo y una fundación que dirigir parecía imposible desacelerar.  Tuvimos que hacer el ejercicio de anotar nuestras rutas y rutinas en una agenda. Eso concretó mi tarea.

Llegado el momento, tomé mi libertad y me senté al lado de mi hija a anotar la reflexión. Cuando me di cuenta, Poe estaba masticando una de las hojas de mi agenda y no pude contener la risa. Mi cuerpo en ese momento no estaba siendo observado por mí, estaba reaccionando automáticamente a los estímulos externos.  Mi pequeña hace que mis rutas y rutinas sean todos los días nuevas aventuras, en ocasiones muy demandantes de tiempo, que suelo olvidar esa conexión biológica conmigo, con mi propio cuerpo.

Aquel desafío de clase me llevó a recordar la conexión más inmediata del ser humano: darse cuenta de que, aunque ocupado en la interacción con la cotidianidad (hija, esposo, trabajo, universidad, etcétera), siempre está ahí, listo para ser redescubierto cuándo y dónde lo decidamos.