Opinión: Dos alas

La reanudación de relaciones diplomáticas entre EE. UU. y Cuba es una noticia positiva para el mundo y la región caribeña. La reacción de quienes favorecen la…

Por Armando Valdés @armandovaldes

18 dic 2014, 11:00 pm 3 min de lectura

La reanudación de relaciones diplomáticas entre EE. UU. y Cuba es una noticia positiva para el mundo y la región caribeña. La reacción de quienes favorecen la continuación de la política exterior actual no sobrevive ni un somero acercamiento crítico. Al igual que la preocupación de quienes ven en el vecino país únicamente un rival, subestima las capacidades de Puerto Rico y las oportunidades inherentes en un nuevo comienzo para nuestra larga e histórica hermandad con el pueblo cubano.

El paso que dieron el miércoles los presidentes Barack Obama y Raúl Castro no puede ser el último. Debe ser el inicio de un camino que culmine con la normalización total del trato entre los dos países y con la terminación del embargo.

En la isla también hacen falta cambios dramáticos. Una transición hacia una verdadera democracia, que respete la disidencia, la libertad de prensa, la libertad de expresión y los derechos humanos es tarea inaplazable. Discrepo, sin embargo, de aquellos que —como gran parte del Partido Republicano— condicionan la apertura americana a que haya un cambio previo en Cuba. Resulta intelectualmente deshonesta esta posición cuando se considera que uno de los más importantes aliados de EE. UU., Arabia Saudita, es el único país en el mundo en el que no se les permite a las mujeres conducir un vehículo de motor. Aun cuando el poco progreso que ha habido ha sido pasmosamente lento —al punto de que las mujeres podrán votar por primera vez en el 2015—, nadie en el Congreso ha propuesto seriamente que se deje de comprar el petróleo de dicho régimen como método de presión.

Por otro lado, dada la cercanía geográfica y de parentesco entre los dos vecinos, el intercambio comercial, la entrada de nuevas tecnologías de comunicación y el aumento en los viajes harán del cambio una inevitabilidad.

Para Puerto Rico, nuestra propia relación con EE. UU. matiza la que tenemos y ahora la que habremos de tener con Cuba. De 1960 a 1961, Muñoz Marín supo aprovechar la salida de un segmento importante de la clase profesional y técnica cubana, invitándoles a establecerse aquí y a participar en el crecimiento de nuestro país. Ahora, en cambio, con una mayor apertura de parte de EE. UU., nosotros estaremos idealmente situados para proveer de servicios de toda suerte a una Cuba que renace en el ámbito económico. Nuestra condición como ciudadanos estadounidenses, hispanohablantes, caribeños, y nativos de un sistema legal y económico mucho más cercano al cubano que el de cualquiera de los 50 estados, abre una gama de oportunidades casi inagotable.
Por último, la reconciliación americana con Cuba nos recordará a todos los puertorriqueños nuestro verdadero contexto. Por alguna razón, tan inexplicable como equívoca, el puertorriqueño contemporáneo ve a República Dominicana solo como un destino vacacional o como el lugar de origen de una amplia población de inmigrantes que conviven con nosotros. Cuba, aun ante el mutuo extrañamiento entre las dos islas, siempre ha sido nuestro par. La posibilidad de que ambos pueblos se reinserten más activamente en la vida de un país y de otro nos abrirá los ojos a nuestra realidad antillana y quizás nos haga recitar nuevamente aquellas famosas palabras de la poeta Lola Rodríguez de Tió.