Opinión: Hay que indignarse menos

Me gusta que estemos indignados. Me encanta saber que estamos consternados. Amo saber que nos queda conciencia y que ante un crimen tan vil como el que ocurrió…

Por Dennise Y. Pérez @denniseypr

18 nov 2014, 11:00 pm 4 min de lectura

Me gusta que estemos indignados. Me encanta saber que estamos consternados. Amo saber que nos queda conciencia y que ante un crimen tan vil como el que ocurrió ayer en Guaynabo, aún nos queda una fibra de ser humano.

¡Qué alegría me da saber que somos gente aún! ¡Y qué coraje a la misma vez!
Ayer fue sin duda un día duro para Puerto Rico. Desperté temprano y como de costumbre, al mismo tiempo que estiraba el cuerpo estiraba la mano para alcanzar mi celular. Y me di cuenta de que ambos teléfonos tenían alertas noticiosas, de esas que a veces te alegran el día, o te lo dañan. Como estamos en medio de los Centroamericanos, pensé que habíamos ganado algún oro, alguna medalla, en algún momento y me sonreí.

En décimas de segundos caí en cuenta de que era demasiado temprano para estar jugando nada.  Sin café y sin espejuelos, más o menos recuerdo que leí algo como que “asesinan a cuatro en residencia de Guaynabo”. ¡Qué carajo!

Contra mi sentido de autoprotección, salí corriendo a prender la radio. Desde ese momento en adelante, me fue mal. Cualquier muerte es mala. Cualquier asesinato es una tragedia. Cualquier masacre es motivo de angustia colectiva.

Sentí un montón de cosas a la vez. Incredulidad: porque hay que estar bien jodido de la cabeza para matar y peor aún, para matar a cuatro, y peor aún, a casi toda una familia. Frustración: porque me consta que día a día y a todos los niveles se hacen esfuerzos para terminar el crimen.  Sorpresa: porque este crimen no ocurrió en un área marginada de esas que casi nos hemos acostumbrado a ver en las noticias. Y dolor: porque hubo un sobreviviente. Lo normal hubiera sido que me diera alegría esa vida que quedaba. Dentro de mí solo puedo pensar en la pesadilla que deber ser para ese sobreviviente, seguir viviendo. ¿Se puede seguir viviendo?

Me atrevo a decir que dondequiera que fui ayer percibí lo mismo: olor a luto. Lo sentí desde que me monté en el carro. La gente guiaba con cuidado, no tocaban bocina, todo el mundo te daba paso. No vi mucha gente sonriendo, pero no vi a nadie maltratando ni agitado. Es el típico comportamiento de una persona en luto.

Y en las redes sociales y en las conversaciones de cafetín había una indignación general por lo que había ocurrido. Todo el mundo reflexionando, y eso está bien.  Pero digo con el corazón en la mano que eso no nos sirve de nada. Para indignarnos sin actuar, mejor nos ahorramos la indignación. No quiero pecar de incrédula. No quiero parecer una mujer de poca fe. De hecho, no lo soy. Creo en Dios y creo profundamente en la bondad y la nobleza de mi gente.

Desafortunadamente, estoy convencida de que está en la genética del puertorriqueño indignarse y que se le quite después de unos días. Ya lo verán. Tomará muy poco que se nos olvide la masacre. Tomará muy poco volver a la intolerancia. En cuestión de nada volveremos a la locura, a la intolerancia, y de vez en cuando a ser mal vecino. Con mucho respeto les digo que de nada sirve indignarse intermitentemente. Así nunca lograremos la paz.

Nunca dejaré de insistir en la importancia de la crianza, en la importancia de los valores que te inculcan en el hogar.  Esto no es un sermón moralista, ni religioso. Es un hecho. El respeto a la vida y el respeto a la dignidad humana comienzan en casa. Y la capacidad para dirimir las controversias de manera civilizada.

Esto tiene que ser una agenda personal a tiempo completo. No puede parar a las 24 horas de cada tragedia. No podemos ser buenos y generosos hoy y malos y desconsiderados mañana.  No podemos sentir indignación sólo mientras dura el follón de la noticia de la tragedia. Y a la que salga Maripily o cualquier Juan del Pueblo con su nuevo show cambiamos el tema y matamos las prioridades.
Yo tengo fe de que los buenos somos más. Tengo fe de que podemos cambiar esta locura. De lo contrario seguiremos comparando estadísticas del crimen con las del año anterior. Y perderemos la sensibilidad hacia los numeritos.

Hay que indignarse menos. Hay que trabajar más.

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