Opinión: De una acera a otra…
Cuando estaba en la high, imaginaba estar en la universidad y ser absolutamente independiente. Le idea de compartir cuarto con otros estudiantes y discutir con…
Por Natasha Sagardía @NatashaSagardia
Cuando estaba en la high, imaginaba estar en la universidad y ser absolutamente independiente. Le idea de compartir cuarto con otros estudiantes y discutir con los profesores sobre temas que me apasionaban era uno de mis anhelos. El día que empecé la universidad, en el recinto de la UPR de Aguadilla, la vida me dio un giro. No era el anhelo que tenía; era un momento en el que había que pagarse todo, trabajar, estudiar todos los días, aprender a lavar ropa y hasta cocinar. Era una postal lejana de la idea de Hollywood de las películas sobre universitarios.
A la par con todo eso, perseguía el sueño de ser campeona mundial del deporte del bodyboarding. Faltaba mucho a la universidad porque viajaba para participar en el circuito mundial. Me transferí de recinto por esa búsqueda apasionada de mi sueño en las olas y me mudé a Arecibo. En ese recinto, aun cursando las generales, entendí que lo que más me gustaba en el mundo, después del deporte, era pensar. Así que tomé tan en serio mi universidad que pude vivirla como el estudiante que se hospeda y dedica todo su tiempo a estudiar.
Me gradué de Estudios Iberoamericanos con un promedio magna cum laude. No es que eso determine nada en particular, pero en mi casa las buenas notas siempre han significado una especie de respeto por el tiempo de uno mismo, el del profesor y su conocimiento. Es un valor que le agradezco a mi madre y a mi abuelo, el de siempre empujar por la excelencia. Mis amigos me llaman nerd. A veces me dicen que estoy un poco loca y que la única salida saludable para todos es que hable con un psiquiatra (y desahogue mis diez mil filosofías) o que me convierta en profesora y tenga estudiantes, que tal vez no tienen otra opción que escucharme.
La universidad para mí ha sido como el ejercicio de estar gritando de una acera a otra. Uno elige bien las palabras que dirá, dirige la conversación a un corto final o se somete a una extensa, gritada de acera a otra, sin piedad de las cuerdas vocales o de los oídos ajenos. O sea, “en arroz con pollo”, la universidad ha sido mi espacio para conocerme como pensadora y aprender que lo que digo crea unos efectos en mí y en los demás. En la universidad aprendí un lenguaje que puede ser usado para un grupo determinado o entendido y compartido para el beneficio de todos.
Cuando estaba en la high, imaginaba la universidad como un espacio de completa libertad. Hoy me doy cuenta de que la libertad no es el anhelo. La libertad de uno está en la manera en que decidimos qué decir, cuándo decirlo y con qué fin. La imagen de estar en el cuarto con compañeros, con la pila de libros encima de un escritorio, creando bajo la inspiración del silencio y expectante a lo que será mi vida después de ello, seguirá siendo ese romance hollywoodense. Por ahora estoy gritando de una acera a otra, decidiendo continuamente qué hago con mi libertad.
Vea también estas notas:

