Opinión: El síndrome del fiel maltratado
Las noticias provenientes del Vaticano desde la pasada semana, donde se efectuó el sínodo de obispos sobre la familia, revolcaron mi ya complicada relación con…
Por Rafael Morales @RafaelMoralesPR
Las noticias provenientes del Vaticano desde la pasada semana, donde se efectuó el sínodo de obispos sobre la familia, revolcaron mi ya complicada relación con la Iglesia católica.
“Las personas homosexuales tienen dones y cualidades para ofrecer a la comunidad cristiana”, leía un documento preliminar con membrete oficial. La publicación generó titulares en todo el mundo.
Crecí en la fe católica. Fui bautizado y recibí la primera comunión. En mi casa íbamos a la iglesia ocasionalmente. Desde ese entonces me aburría la repetitiva ceremonia, el estricto guion y el saludo de la paz forzado y entre dientes.
Un breve intento de explorar el protestantismo terminó de forma atropellada cuando fui presa del terror del discurso enfocado en el pecado, el castigo y el infierno.
En fin, ya de adulto dejé de visitar la iglesia —excepto para asistir a bodas y bautizos a los que no se podía faltar— y busqué una comunicación directa y sin intermediarios con lo divino.
Pero fueron las posturas de los líderes religiosos en materias como divorcio, métodos anticonceptivos y sexualidad las que me llevaron a la conclusión de que la iglesia, presa de dogmas y actitudes obsoletas y machistas, poco o nada tenía que ofrecerme.
No voy a negar que en momentos críticos, cuando el temor o el dolor han sido fuertes, he tratado de regresar. Pero, a pesar de haber conocido personas genuinas y de corazón noble, la pared sigue ahí.
Esa pared se hizo más impenetrable hace pocos días. La ira de un grupo de obispos católicos conservadores ante la señal de una posible apertura de la Iglesia hacia las personas gays y el cambio del lenguage del documento que mencioné al principio fue un reality check.
La Iglesia católica, al igual que otras denominaciones, ejerce un aplastante discrimen basado en orientación sexual. A pesar del continuo tono conciliatorio del papa Francisco —el domingo les dijo a 70 mil personas en la Plaza de San Pedro que “Dios no teme a cosas nuevas”— la condena oficial sigue ahí. El empeño —la obsesión— de cuestionar la moralidad de las personas que no son heterosexuales permanece.
Nadie tiene que buscar el amparo de una iglesia que arrastra por sí sola un amplio historial de abusos y que pretende, al igual que otras, tener la última palabra en materia de moralidad.
Le he brindado numerosas oportunidades a la Iglesia, pero me niego a continuar siendo víctima de maltrato.

