Opinión: Thank God it’s Sunday!

La mayoría de la gente “normal” que conozco detesta los lunes. Son un poco pesados. Es cierto. Yo, generalmente, siento los pies de plomo desde el domingo al…

Por Dennise Y. Pérez @denniseypr

23 sept 2014, 11:00 pm 4 min de lectura

La mayoría de la gente “normal” que conozco detesta los lunes. Son un poco pesados. Es cierto. Yo, generalmente, siento los pies de plomo desde el domingo al mediodía, lo que es un problema, porque por decisión propia ese también es mi día apaga-cerebro.

Si usted quiere cogerme en pifia un día, seguramente no lo logrará un miércoles, pero muy probablemente le cueste bien poco trabajo un domingo. Siempre que mi trabajo me permite un domingo libre, trato de que no requiera esfuerzo mental alguno. Es el día de romper el sofá y de explotar Netflix.

No de romper el sofá y ver History Channel, porque ahí queda derrotado el propósito.  Y como es una costumbre con años de arraigo, cuando no había Netflix, podía estar un día entero viendo Lifetime en pijamas, ser un saco de papas y estar en ayuna 24 horas.

Una vez tuve una de esas pulseritas que miden los pasos que das al día, las calorías quemadas y el esfuerzo cardiovascular, y si les enseño la tabla del historial de los domingos, se van a reír. Las rayitas caen casi al nivel del flat line. Si hubiera tenido alarma, había sonado como que me estaba yendo 10-7.

Una vez hasta yo me asusté porque tenía una de esas lámparas con sensor, de las que se encienden automáticamente al identificar un cuerpo en movimiento, y se apagó estando yo ahí y me dije: “Qué, quééé. Deja levantarme que parece que ya soy cuerpo inerte”.

Siempre me he preguntado por qué la gente celebra tanto que ha llegado el viernes. Tienen un grado de excitación inexplicable. Tengo que presumir que el júbilo se debe a que llega una pausa del ajetreo de la semana, de la madrugadera, del tapón y de las notitas positivas de José Nogueras. Quizás por mi tipo de trabajo que llegue un viernes para mí no representa gran cosa ni gran pausa. El teléfono suena igual o más y, por lo general, nadie asume que yo también descanso.

Además, ¿de verdad uno descansa cuando llega el sábado? ¡Conozco tanta gente para los que su sábado es un rollo! No tienen que llevar los nenes a la escuela, pero es peor porque tienen que repartirlos a las clases de natación, el catecismo, el baloncesto y el ballet. Y tienen que hacerlo entre hacer compras, hacer limpieza, ir al beauty y visitar a la suegra.

Yo no tengo hijos que repartir en ningún lado —y mi suegra está a miles de millas de distancia, por desgracia—, pero de alguna manera me las he ingeniado para no quedarme atrás en el rollo sabatino y tengo una rutina implacable entre casa, Costco y laundry, que solo se interrumpe por una visita quizás al beauty y a la casa a hacer tareas. Los sábados pueden resultar verdaderamente imprudentes y provocar verdadero y doloroso malhumor. Yo le tengo hasta nombre: #SCH (SaturdayChoresBlues).

Piénselo. Llega el sábado y yo fantaseo con que algún genio invente una lavadora que identifique las manchas, las saque, lave la ropa, la seque, la planche y la enganche. ¡Si es que yo no pido nada más!
Encima hacer todas estas tareas en el trópico es un reto en sí mismo. El calor le da a uno ganas de coger la escoba, montarse en ella y arrancar a volar. O de terminar de hacer las tareas dándose un manguerazo en la marquesina.

Por suerte, no plancho. Hace muchos años decidí no hacerlo. Cuando era chiquita, mami nos ponía a las tres hermanas a planchar un montonal de ropa. Entre mis hermanas lo bautizamos “la montaña”.

Nos turnábamos los domingos entre las tres, y ese día planchábamos toooodos los uniformes nuestros, más los de papi. Y una vez de esas que me quejé, mami muy bien me dijo: “Pues, estudia mucho, mija, pa que cuando seas grande la lleves al laundry”. Mami no tiene idea del impacto de sus palabras. Yo no sé si estudié mucho, pero el presupuesto en mi casa contempla el laundry primero que el café, que yo por no coger la plancha sacrifico lo que sea.

Nuestra cotidianidad está repleta de quehaceres. Es un ajoro de madre. Algo en nuestro cerebro nos dice que celebremos que llegó el viernes, pero en la práctica hacemos toda una nueva agenda de ajoros que hace que uno termine el sábado pidiendo la luz por señas.

Según las Escrituras, el séptimo día el Creador descansó. Quizás todos deberíamos tratarlo.
 

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