Las botas de Diana
Cambió los tacos por las botas un 20 de febrero de 1985, cuando se casó con un ganadero. La tierra se convirtió en su trabajo y el trabajo en su pasión. Diana tiene 62 años, ha transcurrido más de la mitad de su vida enamorada del contacto de sus pies con la tierra. En el campo aprendió a vivir.
Como buena sanjuanera, estaba acostumbrada a la velocidad de la ciudad y a los resultados inmediatos de las cosas. En la finca de Naguabo, descubrió que todo tenía su propio ritmo y aprendió a bajar la velocidad.
“La naturaleza me obligó a detenerme, a observar…, a sentir. Ahí entendí que la vida está en la tierra y que yo soy parte de ella”, asegura conmovida mientras observa una antigua foto de su hijo Alexander, saltando en el alto pasto de la mano de Carlos, su esposo, su compañero, el amigo que hoy no está.
Una vez abrió los ojos de la conciencia, no hubo vuelta atrás. Diana contagia a cada persona que conoce con su amor por el suelo. Ha sembrado cientos de pequeños pulmones y cosechado muchos alimentos. Su lugar favorito sigue siendo algún rincón de tierra fértil que espera por ser trabajado, por dar sus frutos.
“Soy un instrumento de la tierra”, dice. Para esta mujer boricua, la naturaleza es una escuela, es la manera más perfecta para encontrarse con el sentido de la vida, de su vida.
Circunstancias financieras decidieron que Diana abandonara la finca, pero la finca vive en ella y en todos y cada uno de quienes están a su lado.
Esta MUJER, una más de nuestra linda isla, es una de las tantas que ha construido su familia con una base sólida en valores.
Una mujer que no tiene miedo a quitarse las botas pausadamente. Mientras cae la tarde, calzarse un cómodo par de chancletas y disfrutar de su hora del café, recordándonos que volver al origen es lo más importante. “La naturaleza es una dama. Hay que tratarla con cuidado”.
Y así se despide coqueta, insinuando un dejo de misterio que contagia a las sombras que caen sobre su adorado Yunque.