Columna: El matrimonio ¿Gay?
Aunque con un alto grado de incertidumbre y gracias al coloniaje, que en este caso pareciera actuar a nuestro favor, todo indica que estamos llegando a una de las metas de la lucha LGBT: el acceso al contrato que permite la unión legal de dos personas del mismo sexo que desean compartir muchos aspectos de su vida, dejando así de ser un privilegio heterosexual y poniéndose al servicio de quienes crean en tal institución o que crean necesaria por las protecciones legales que les confiere. Sin embargo, hay unos aspectos de este asunto que quisiera problematizar.
El primero es que, cuando se habla del “matrimonio gay” tanto en medios de comunicación como en lo coloquial, se repiten los mismos errores del movimiento feminista en Estados Unidos en los 60 y los 70, cuando se trató de homogenizar las experiencias de todas las mujeres, causando así que se desprendiera un movimiento feminista lésbico y negro. Aprendiendo de este caso, no podríamos decir que las experiencias que vivimos nosotros los hombres gays son iguales a las que viven las lesbianas o l@s bisexuales, y ni hablar de l@s trans.
Se comete no tan solo el mismo error de las feministas de aquel entonces, sino también de toda la historia que nos precede y que erróneamente ha sido construida bajo la imagen protagónica del hombre, macho, varón. (De las clases de historia que hemos tomado, ¿cuántas son las mujeres que hicieron una contribución “importante” como para ser resaltada? ¿Acaso las mujeres no formaron parte de la construcción de la historia de nuestro país y del mundo? ).
Tomando en consideración la connotación masculina que carga la palabra gay, reducir el concepto del matrimonio igualitario a matrimonio gay invisibiliza no tan solo a las mujeres, sino también a l@s bisexuales y l@s trans, incluso reconociendo el hecho de que en algunas instancias hay lesbianas que han utilizado esta palabra para identificarse. La lucha por la igualdad NO pretende, ni debe pretender, alcanzar derechos o aceptación hacia los gays para que en un segundo plano se incluyan a las lesbianas, bisexuales y trans.
Otro punto que me resulta importante, o más bien preocupante, es que muchas personas podrían pensar que esta es la meta final. Sin embargo, el hecho de que nos podamos casar no implica que se acabe la homofobia en el Estado o en nuestra sociedad. Tampoco significa que si dos hombres van de la mano por el mall, el anillo adquirirá superpoderes para acabar con las miradas de rechazo que podría generar, o que, de la noche a la mañana, la familia acepte que su hija se case con otra mujer.
La realidad es que es un gran paso y hay que reconocerlo. Hay muchas personas que han compartido su vida por largos años y se les ha quitado todo lo que construyeron juntos cuando uno muere. También hay parejas de ancianos que son separados en los asilos impidiendo que, luego de toda una vida, puedan pasar sus últimos días juntos. Esto a todas luces es un acto de falta de humanidad, y espero que la aprobación del matrimonio igualitario sirva para ayudar a remediarlo.
Los problemas del sector LGBTQ comienzan mucho más adentro en las entrañas de nuestra sociedad. El acceso a las uniones legalmente reconocidas no implica el fin del machismo ni la construcción de masculinidades y femineidades tan antitéticas. Tampoco implica que niños y niñas no serán víctimas de bullying por tener dos papás o dos mamás. A pesar de ser un paso en la dirección correcta, el matrimonio igualitario debe ser visto como un escalón más y no un punto final.