Mundo

EEUU: Bares gay ofrecen espacio sagrado para personas LGBTQ

Cuando el actor Daniel Franzese visitó Jerusalén en noviembre, buscó a Dios en todos los sitios usuales.

Pero no fue en el Muro de las Lamentaciones ni en el Monte de los Olivos donde encontró lo divino, sino en un deslucido bar gay al estilo de los de la década de 1980, el cual organizaba una noche con el tema “David y Jonatan” para personas homosexuales religiosas.

“No podía negar que Dios estaba presente en ese sitio para mí. Yo estaba en el pequeño bar gay en la ciudad de Jesús, y fui bienvenido”, dijo Franzese, de “Looking”, de la cadena HBO, y “Mean Girls”.

“Nadie puede decirme jamás que estar en ese bar no era un sitio sagrado y santo”, agregó.

Desde que personas de la comunidad LGBTQ se han reunido en bares y clubes nocturnos, ese tipo de espacios han sido sede de bodas, han dado origen a iglesias y se les ha llamado “celestiales”. Pero la balacera en el Club Q de Colorado Springs en noviembre es un triste recordatorio de que, incluso en la actualidad, reunirse en clubes de personas homosexuales no está libre de riesgos. En medio de una andanada de leyes anti-LGTBQ y de crímenes de odio, muchas personas religiosas de la comunidad dicen que es esencial proteger los sitios que ellas consideran sagrados.

Cuando el músico Trey Pearson dio a conocer que era gay en 2016, le costó su pertenencia a su comunidad religiosa y su carrera como artista cristiano. Pero desde el momento en que puso un pie en el Union Café, un bar gay de Columbus, Ohio, se sintió acogido por los drag queens, los cantineros y los clientes por igual.

“Hay mucha gente espiritual en la comunidad LGBTQ, gente que tiene fe”, observó Pearson, que ejerce una carrera musical renovada fuera del mundo de la música cristiana. “Ese lugar se convirtió en un sitio tan significativo para mí, donde tenía estas conversaciones con otras personas homosexuales, que compartían sus trayectos acerca de cómo llegaron a aceptarse a sí mismos”.

Pearson dijo que desde entonces ha sido recibido cálidamente en bares de “vecindarios gay” en todo Estados Unidos, desde Boystown en Chicago a West Hollywood. Le dijo a RNS que es su amor incondicional lo que hace que los bares de personas homosexuales sean sagrados.

“Siempre escuché acerca de amar como Jesús. Pero no importa quién seas, puedes ingresar a este lugar, y serás amado y no tienes que ocultar una parte de lo que eres”, señaló. “Experimenté ese amor genuino, auténtico en bares gay más de lo que jamás lo he experimentado dentro de las cuatro paredes de una iglesia cuando crecía”.

Jordan Jamil Ahmed, un musulmán chií que vive en Boston, considera que los bares gay son sitios donde la persona puede expresar lo que es. Allí, el bailarín y coreógrafo profesional convertido en organizador no teme lucir botas deportivas de tacón o un conjunto de encaje. Ahmed le dijo a RNS que hay un “elemento de sentirse más conectado con lo divino” cuando se visten auténticamente, y describió que ir a bares de homosexuales con la familia que ellos han elegido es un “ritual colectivo” que gira en torno al baile.

“Esta idea de movimiento comunitario y ritualizado es una parte central de cómo nos conectamos unos con otros. Para mí, estar en un club gay es sólo una de las formas de acelerar ese sentimiento”, manifestó.

Pero aunque la experiencia de Ahmed en bares de personas homosexuales está marcada por la libertad y la aceptación, ellos hicieron notar que con frecuencia estos espacios están más “ocupados por hombres blancos gay cisgénero que por otros miembros de la comunidad homosexual”. Ahmed dijo que la comunidad debe cuestionarse cómo prohíbe el ingreso de sus propios miembros a estos centros espirituales.

Ese tipo de barreras no fueron erigidas de la noche a la mañana. En la década de 1980 había aproximadamente 200 bares de lesbianas en Estados Unidos. Desde entonces esa cifra ha disminuido a menos de 25, en parte debido a barreras económicas: Las clientas de los bares de lesbianas, incluidas las mujeres transgénero, las mujeres cisgénero y las personas no binarias, normalmente tienen menos dinero en efectivo para gastar en la vida nocturna que los hombres gay cisgénero, por ejemplo.

En su libro “Baby, You Are My Religion” ("Nena, tú eres mi religión"), la activista y teóloga Marie Cartier examina cómo los bares lésbicos de marimachos establecidos en la época entre la Segunda Guerra Mundial y los disturbios de Stonewall operaban como sitios religiosos para la comunidad LGBTQ. En un contexto en el que ser gay era equiparado con padecer una enfermedad mental, con frecuencia estos bares y clubes eran los primeros sitios en los que las personas homosexuales, en especial las mujeres, podían ser ellas mismas totalmente.

“Si ese es el único lugar en el que puedes estar en comunidad con otras personas, eso es sagrado”, manifestó.

En entrevistas a más de 1.000 mujeres, ella escuchó historia tras historia de personas transformadas por la amistad, un proceso que Cartier dice es de naturaleza religiosa.

“Cuando ingresas al bar por primera vez, que alguien te vea y te diga: ‘Hey, ¿cómo estás? ¿Encontraste dónde estacionarte? No te había visto aquí antes'. Eso es un bautismo”, señaló Cartier. “Es un bautismo del ser porque alguien te está viendo como un posible amigo, cuando nunca te has sentido así antes”.

Cartier dice que los bares de homosexuales siguen teniendo esa importancia en la actualidad: La gente sale de esos espacios diferente a como ingresó.

Eso ciertamente puede decirse de The Lipstick Lounge, un elemento permanente de la vida nocturna de Nashville desde 2001 y uno de los pocos bares lésbicos que aún operan en Estados Unidos. Dentro de la construcción color púrpura brillante con su logotipo rojo con forma de labios, los que asisten al bar probablemente verán a la propietaria Jonda Valentine en el escenario, entonando canciones gospel o predicando acerca del amor de Dios.

Hija de un pastor pentecostal, Valentine trabajaba como artista de tiempo completo, pintando en el estudio de su casa, cuando una voz en su cabeza le dijo: “Abre un bar”. El riesgo financiero era suficiente para hacer que cualquiera lo pensara dos veces, y eso sin tomar en cuenta que en esa época ella no bebía. Pero después de escuchar el mismo mensaje durante las siguientes semanas, se convenció. “Realmente creí que eso es lo que Dios quería que hiciera”, le dijo a RNS.

Aunque en el bar se llevan a cabo noches de trivia y espectáculos de drag queens, también ha albergado ceremonias religiosas dominicales, bodas y funerales. Una despensa al aire libre detrás del bar ofrece artículos enlatados suministrados por uno de sus clientes frecuentes, y Valentine y su copropietaria, Christa Suppan, son conocidas por llevar a cabo eventos de recaudación de fondos o pagar las facturas eléctricas de algunos clientes.

Valentine —que procura no ser encasillada con alguna etiqueta pero dice ser alguien que “se esfuerza por ser semejante a Cristo”— también le dijo al RNS que suele encontrar personas que han sido expulsadas de sus iglesias y hogares por ser LGBTQ. Recordó haber orado por un hombre que había sido expulsado de su iglesia y que regresó después de seis o siete años para agradecerle.

“Dijo: ‘Quiero decirte algo. Me iba a suicidar. Cuando tú oraste, sentí el espíritu de Dios. Sentí como que él me amaba. Y sentí como que había esperanza”, recordó Valentine. “Yo digo que The Lipstick Lounge es 'La casa de Dios', porque lo es. Y cuando él haya terminado con este trabajo, cerraremos. Pero siempre y cuando estemos ayudando y en el ministerio, mostrando amor y aceptación, seguiremos abiertos”.

Franzese, que cuando no está actuando conduce un podcast cristiano en respaldo de la homosexualidad llamado “Yass, Jesus!”, dice que es crucial preservar los bares de homosexuales para las generaciones futuras. El sondeo a nivel nacional del Trevor Project de 2022 a casi 34.000 jóvenes LGBTQ de entre 13 y 24 años halló que el 45% de los jóvenes de esa comunidad pensaron seriamente en suicidarse el año pasado.

“Cuando era niño, no podía ver una visión de mí mismo como un adulto porque no podía ver a nadie que fuese como yo que estuviera vivo en el futuro, o que estuviera bien, o que se sintiera cómodo, o que se sintiera aceptado. Así que esa es la razón por la que estos espacios son tan importantes”, dijo Franzese. Para él, acoger la alegría de la homosexualidad es un acto de esperanza.

La reverenda Nicole Garcia, una ministra transgénero latina en la Iglesia Evangélica Luterana de Estados Unidos, sabe el impacto que ese tipo de esperanza puede tener.

Garcia, que solía ser supervisora de libertad condicional y que ahora es directora de trabajo religioso del Equipo Especial Nacional LGBTQ, le da crédito a los bares de personas homosexuales y a los intérpretes drag de ayudarla a conectarse con su ser interior. “Realmente fueron los bares los que dieron nacimiento a mi primer concepto de identidad como Nicole”, recalcó.

En noviembre, Garcia ofreció abrazos y dirección espiritual a la comunidad LGBTQ de Colorado Springs tras la balacera en el Club Q. Cree que, a medida que los clubes de personas homosexuales son blanco de ataques, hay oportunidades para las comunidades religiosas de poner su fe en acción. Cuando el Club Q no pudo ser sede de su cena navideña anual después de que cerró debido al tiroteo, señaló, la Iglesia Pikes Peak de la Comunidad Metropolitana en Colorado Springs se ofreció para que se realizara en sus instalaciones, y un hotel local ayudó a patrocinarla.

“Los clubes y los bares son una forma válida de construir comunidad”, dijo Garcia. “Si realmente quieres contactar a las personas, tienes que ir a donde están”.

___

Este contenido es escrito y producido por el Religion News Service y distribuido por The Associated Press. El RNS y la AP están asociadas en algunos contenidos de noticias religiosas. El RNS es el único responsable de esta historia. ___

Esta cobertura es presentada con el apoyo de la Fundación E. Rhodes and Leona B. Carpenter.

Tags

Lo Último

Te recomendamos