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De no tener nada para comer, familia logra establecer su agroempresa orgánica en Mayagüez

Con $7 en una cuenta de banco y viviendo en un vagón sin acceso a los servicios esenciales de agua y luz durante 9 años, Miguel Rosario y su mamá Lissette Torres ven hoy el fruto de sus sacrificios

Ricura Caribeña Lissette Torres y su hijo Miguel Torres levantan la agroempresa Ricura Caribeña.

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Lissette Torres se divorció y salió de Ponce a Mayagüez, su ciudad natal, en busca de empezar una nueva vida junto a sus dos hijos Miguel y Rafael Rosario.

Era el 2009 cuando salieron en su guagua de la Ciudad Señorial sin rumbo, solo con ropa. Posteriormente, lograron comprar un vagón que convirtieron en hogar, pero sin acceso a los servicios esenciales de agua y luz. Y los víveres para sobrevivir eran escasos.

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Miguel relata que hubo momentos cuando aún vivían en Ponce que la comida del día era un mango de un árbol cercano a la que era su residencia. Fue precisamente esa ayuda de la propia naturaleza y el amor de Torres por la tierra, lo que le abrió las puertas a una idea agroempresarial que hoy continúa tomando forma y que ya la pueden nombrar “Ricura Caribeña”. La meta es convertirla en una finca orgánica, dice Miguel de 27 años.

“Mi mamá siempre nos enseñó a amar la tierra, inclusive un verano estuvimos tan necesitados, que teníamos un árbol de mango en la parte de atrás de la casa de Ponce y estuvimos un verano entero comiendo de ese árbol, así que ella nos enseñó a valorar la naturaleza”, sostuvo.

“Fue una etapa que no había mucho dinero dentro de la casa. La comida que había se la hacíamos a nuestro papá por que era el que estaba trabajando y entonces nosotros éramos pequeños y nosotros con un mango o dos mangos sobrevivíamos. Y como nos encantaba tanto el mango nos lo comíamos de desayuno, almuerzo y cena”, dijo.

Miguel Rosario

Miguel narró que estacionaron el vagón al lado de la casa de una tía y no estaba nivelado, por lo que la cocina, a medida que transcurría el día “se iba moviendo hasta el final del vagón”. “Se iban rodando las cosas”, recordó.

Al tiempo identificaron otro terreno el cual pudieron adquirir gracias a que un vecino que le hizo un préstamo sin intereses. “Nos dijo páganos $200 al mes hasta que lo puedan saldar”, relató.

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El terreno no tenía camino, tampoco servicio de agua, ni alcantarillado. También pertenecía a una sucesión de herederos y enfrentaban la oposición vecinal para lograr la conexión de servicios de energía eléctrica y agua potable. Por lo que otra mudanza ya se había contemplado en la familia.

“Por lo menos estaba nivelado” expresó Rosario quien cuenta con un Bachillerato en Ingeniería Agrícola y una especialidad en Desarrollo Empresarial del Recinto Universitario de Mayagüez (RUM).

Como no contaban con un vehículo que le permitiera fácil acceso al terreno donde trasladaron el vagón, la compra se mantenía en la guagua de su mamá, por lo que las jornadas de la familia comenzaban a las 4:00 de la mañana cuesta abajo con bolsas para ir a recoger la compra. Y a las 6:30 am ya estaban nuevamente camino a sus clases en el RUM luego que su mamá la hiciera el desayuno.

Una reconocida panadería en la zona que contaba con servicio de internet y electricidad les servía de centro de estudios de estudio hasta las 12 de la medianoche. Y así transcurrían sus días y noches.

Sin embargo, los retos de la familia no acabaron. En el 2017 el huracán María azota la Isla y provoca uno de los mayores desastres del país y su situación, como a muchos en el país, se les complicó. Para entonces, la familia de Miguel solo contaba con $7 en la cuenta de banco. En ese momento de precariedad y emergencia nacional, a Miguel se le ocurre ayudar a la comunidad a cambio de intercambios para poder sobrevivir.

¨Ayudábamos a la comunidad a podar árboles entre otras tareas a cambio de alimentos¨, contó.

Es así como en medio de la recuperación del país tras el embate del huracán, logra junto a su madre identificar un terreno desolado propiedad del municipio. Impulsado por su madre, pero sin muchas esperanzas, Miguel realiza la carta solicitándole el espacio abandonado al municipio para poder sembrar “algo para poder sobrevivir”.

Para su sorpresa su petición fue atendida, y el municipio le autorizó 30 cuerdas de las cuales 23 se han dedicado a la siembra y para las otras siete está proyectada la creación de una charca artificial. Ahora la carta se convirtió en un bonito recuerdo de su lucha para lograr su sueño de tener una finca productiva.

Miguel cumplía con los requerimientos del municipio mientras estudiaba. Utilizaba su proyecto como práctica de una clase y, de igual manera, para seguir levantando el negocio. De ahí, precisamente surge la oportunidad de participar de una competencia, Enterprise 2019, con la intención obtener un incentivo para continuar avanzado el negocio.

“En esa competencia terminamos de desarrollar el plan de negocio. Vemos que lo necesitábamos para poder arrancar la finca era una cantidad de $80,000. Y yo le hago la propuesta al alcalde y le digo ‘yo necesito un terreno, así y así y necesito una cantidad de $80,000 para poder empezar con el pie derecho’”, explicó.

Sin embargo, lo que se le aprobó fueron $40,000 para una finca de 30 cuerdas. El terreno en el barrio Sabaneta fue cedido por el municipio por 30 años con opción a compra, dijo Miguel.

El vagón se volvió a trasladar. Ese terreno tampoco cuenta con servicio de agua potable ni electricidad. En esta ocasión, decidieron hincar un pozo para, entre otras cosas, poder alimentar las plantas. Para tener acceso a la la electricidad colocaron placas solares que próximamente serán conectadas a LUMA Energy.

Y así es que luego de 9 años sin agua, sin luz y haciendo malabares para ayudar a su mamá, Miguel vio levatar la agroempresa Ricura Caribeña.

Recientemente, Miguel pudo adquirir por medio de una propuesta al Departamento de Agricultura y del Fideicomiso de Ciencias y Tecnología, el tractor que tanto necesita para trabajar su nuevo espacio en el que espera para fines de año tener cosecha de cherry tomates, culantro, ají dulce, berenjena y cebollines.

Los productos serán mercadeados en la entrada de la finca en un espacio que ya construyó y que bautizó como La Placita. También tendrá el propósito de educar a niños y jóvenes sobre la agricultura. Al momento se encuentra a la espera de la aprobación de una propuesta para ofrecer talleres.

Cosecha en la finca Ricura Caribeña

“Entendemos que los niños son la semilla del futuro. Hay que instruirlos para que amen la agricultura desde temprana edad de una forma diferente y sobre todo entretenida. Por esta razón estaremos desarrollando talleres junto a escuelas y entidades interesadas en educar a la próxima generación. Deseo que nuestra experiencia sirva de ejemplo para cualquier persona a creer en sus ideas. Que sepa que, con mucho trabajo, dedicación, pasión y enfoque se logran todos los sueños”, sostuvo.

Ahora, la familia sigue abriendo camino para su empresa y se siguen sumando otras manos que le ayuda en el propósito. Cuenta Miguel que la bióloga Isaelys Vega Caraballo, su novia, se encuentra inmersa también en el desarrollo de la empresa.

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