Columna de Armando Valdés: Hamilton

Hace varios meses, en Washington, de vez en cuando y de cuando en vez, el Congreso decide enfrentar los problemas que por su desidia, inacción y, en ocasiones…

Por Armando Valdés @armandovaldes

4 feb 2016, 11:00 pm 3 min de lectura

Hace varios meses, en Washington, de vez en cuando y de cuando en vez, el Congreso decide enfrentar los problemas que por su desidia, inacción y, en ocasiones, mala fe ha creado en nuestra patria. En Nueva York, un hijo de esta misma tierra, Lin-Manuel Miranda, les ofrece una lección diaria sobre su propia historia al público estadounidense. Valdría la pena que los 435 miembros de la Cámara y los 100 miembros del Senado federal se hicieran de unos boletos a la obra musical Hamilton y aprendieran un poco del legado de sus antepasados

Y es que ese puertorriqueño neoyorquino ha puesto en escena una obra en la que actores hispanos y afroamericanos cantan en rap y hip-hop sobre una de las vidas más interesantes de la Revolución americana. Alexander Hamilton, nacido y criado en la vecina isla de Nevis, se convierte en héroe militar de la nueva nación, primer secretario del Tesoro, intelectual y autor de la mayoría de los llamados Federalist Papers. En uno de los primeros números, el caribeño recién llegado a Nueva York canta con otros tres revolucionarios una oda a la libertad: “Raise a glass to freedom”.

George III, rey de Gran Bretaña, es protagonizado por el único actor anglosajón y es el bufón de la obra. En sus intervenciones, cómicas y absurdas, les advierte a los americanos que algún día recordarán que son su pertenencia: “My sweet submissive subjects”. El monarca acaba desprestigiado y mentalmente inestable; Hamilton, como fundador de una gran democracia.

En cuanto a Puerto Rico, esa rica historia aparenta haberse olvidado, y el Congreso actúa hoy como un monarca absoluto que espera que nosotros, sus sumisos súbditos, aceptemos la imposición de una indigna junta de control fiscal. Aquí hay quienes se oponen a esa injuria. Otros aparentan celebrar dicha posibilidad, convencidos de que solo es prueba de lo que han venido diciendo acerca de la naturaleza del Estado Libre Asociado. Todavía otros, quizás estos bien intencionados, abogan por la junta argumentando que los poderes políticos criollos han sido incapaces de timonear el barco del Estado hasta puerto seguro.

Pero si algo nos demuestra la historia de EE. UU. y la historia de nuestro propio terruño es que las soluciones impuestas desde afuera no funcionan. En nuestro caso, son resistidas por una población que, aun antes del experimento con el gobierno propio y democrático que comenzó en 1952, siempre ha tenido un fuerte sentido de dignidad y ha repudiado la intromisión extranjera en los asuntos de la isla. Ejemplos abundan, como el rechazo absoluto a la americanización de nuestro sistema de educación pública.

En otras palabras, una cosa es llamar al diablo y otra es verlo venir. Cuando los gringos que compongan la junta empiecen a tomar decisiones en el ámbito local sin que nosotros, el pueblo, tengamos el derecho a arrebatarles de sus manos el poder, veremos cómo cambian de opinión quienes hoy abogan por ese modelo de gobernanza antidemocrático.

Quienes ven en esta instancia una oportunidad para acabar derrumbando los cimientos del ELA también desconocen la historia. El ELA y un gobierno republicano organizado mediante una constitución consentida por la ciudadanía son logros magnos en nuestra trayectoria como nación. Aspirar a más no requiere la destrucción de lo que se tiene.

En fin, que es nuestro deber como puertorriqueños tomar una página del libreto de Hamilton, resistir la imposición de la junta, y defender lo que hemos logrado y nuestras libertades democráticas. A los americanos les toca recordar su pasado y evitar convertirse en lo que un día derrotaron: monarcas y amos de una colonia.