Columna de Armando Valdés: Legado
Sobre la extraordinaria candidatura de David Bernier a la gobernación de Puerto Rico habrá tiempo para hablar, por ahora solo diré que el entusiasmo que ha…
Por Armando Valdés @armandovaldes
Sobre la extraordinaria candidatura de David Bernier a la gobernación de Puerto Rico habrá tiempo para hablar, por ahora solo diré que el entusiasmo que ha levantado en las huestes populares tiene que preocupar a muchos en el liderato anexionista. Lo que pensaban sería un free ride después de su primaria en junio, ahora es un escenario totalmente distinto. El candidato que resulte ganador, luego de una larga y costosa batalla interna, tendrá que redirigir su campaña en poco tiempo, nuevamente llenar sus arcas, sanar las heridas intrapartido, y proyectar un mensaje distinto del de la primaria que aglutine a sectores fuera del propio PNP. Una tarea difícil contra un contrincante que proyecta frescura y que, hasta ahora, no aparenta tener retadores en el PPD.
Sin embargo, el anuncio del otrora presidente del Comité Olímpico no puede verse en un vacío. Por ello quiero enfocarme hoy en el evento que provocó este desenlace: el anuncio del gobernador Alejandro García Padilla de que no aspiraría a la reelección.
Contrario a las razones dadas por gobernadores anteriores, Alejandro dejó claro que su intención es enfocar todos sus esfuerzos en el monumental reto que enfrenta Puerto Rico durante el próximo año. Su desprendimiento y patriotismo es admirable, máxime porque para quienes ostentan el poder, es muy difícil cederlo. El que lo haga para poder actuar en beneficio del bien colectivo exclusivamente, sin tener que calibrar sus decisiones basándose en cálculos electoreros, lo coloca en una posición que muchos han pensado sería la idónea para encaminar soluciones reales a los problemas del país.
Por otro lado, algunos han argumentado que Alejandro se convierte ahora en un lame duck y que su capacidad política se reduce al perder la presidencia del PPD y el liderato de la conferencia legislativa. Ignoran que muchos sistemas constitucionales, particularmente en América Latina, prohíben la reelección de sus mandatarios. Plantear que la imposibilidad de correr para un segundo término los incapacita sería argumentar que esos países tienen sistemas totalmente atrofiados que son inoperantes desde el primer día.
El ejemplo del presidente Obama también ilustra el poder que puede tener un supuesto lame duck. Su segundo cuatrienio, aún con la oposición del Congreso republicano, ha sido por mucho más exitoso. El presidente, liberado de las exigencias de la política eleccionaria, ha sido más vocal en su apoyo a causas liberales. En gran medida, ese apoyo se ha convertido en acción. Cuba, Irán, el acuerdo climático de París, el rechazo del Keystone Pipeline, la defensa de su ley de salud y la ampliación del ámbito de derechos de la comunidad LGBTT, son solo algunos de los adelantos que ha logrado el presidente desde su última elección.
Alejandro igualmente puede liberarse ahora de las consideraciones políticas que inhiben acciones correctas por parte del liderato de nuestro país. Puede abrirse a defender causas que potencialmente resulten impopulares, pero que sabemos son necesarias y correctas. En esa gesta, su recurso más importante lo será el poder moral que le otorga el ser el único funcionario electo en el país que genuinamente puede decir que actúa solo motivado por el bien colectivo y no por su propio futuro político.
En fin, tiene la oportunidad de dejar un legado sin igual. Uno que le permita ser recordado no solo por lo que ha logrado hasta hoy —reducciones históricas en los asesinatos, creación de empleos, protección del ambiente, reactivación de la agricultura, ampliación de derechos para comunidades marginadas—, sino también por el sacrificio que estuvo dispuesto a hacer por su patria.
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