Vendía sustancias en esquina de residencial
Las sustancias que cualquier adicto necesitara —crack, pasto, perico, palitroque, perco y hasta gafas para disimular la nota— Jesús las tenía.
Por Juan Carlos Melo @melodicespr
Las sustancias que cualquier adicto necesitara —crack, pasto, perico, palitroque, perco y hasta gafas para disimular la nota— Jesús las tenía.
Jesús no es el nombre real de nuestro entrevistado, pero es el que le decían sus compradores, que literalmente se sentían en el cielo cada vez que consumían lo que había en el interior de la bolsita que le dejaba caer en sus manos.
Él llegaba al punto ubicado en un residencial en Caguas a eso de las 6:00 de la tarde y se retiraba a las 6:00 de mañana en una jornada en la que un buen día podía ganarse $275 y en un día flojo entre $125 y $130.
“Me pasaba en una esquina en un poste parado con máscara. Tal vez tenía un arma (una glock .17), dependiendo de quién estuviera ese día y me prestara una, y con una mariconera, en la que tenía el crack, la heroína, el perico, marihuana, las pali, y la gente venía hacia mí. Era como un callejón. La gente que pasaba por ahí iba a comprar. Allí no iba a pasar más nadie que no quisiera algo”, dice el joven que empezó en ese “empleo” a los 16 años.
La justificación: no conseguía trabajo, el abandono de su padre y la necesidad de ayudar a su hermana que padece de epilepsia.
“Éramos cinco y mi ‘mai’ no trabajaba. Además, quería tener dinero para ropa, para sentirme bien conmigo mismo, para no tener que depender de nadie”, asegura Jesús, señalando que cada vez que cobraba le daba $100 a su madre con la excusa de que era su padre quien se lo enviaba.
“Ganaba bien y el trabajo era sencillo”, afirma Jesús, destacando las bondades de su “empleo” en el que duró seis meses hasta que unos agentes lo emboscaron.
“Me ingresaron a una institución juvenil en la que nadie se atrevió a tocarme, ya que sabían para la persona que trabajaba. Me asesoraron, me dijeron que estuviera tranquilo y callado, que a los pocos días saldría bajo probatoria”, dijo.
Y así fue. Durante las vistas Jesús nunca dijo para quién trabajaba, fue enfático en indicar que era nuevo en el punto y que ese era su primer día.
Así las cosas, a los tres días Jesús salió bajo una probatoria de tres meses. Se entrevistó con el dueño del punto, le confesó que no le dijo nada a la Policía y que no volvería a trabajar “que se quería enfriar”, dijo.
No obstante, una pelea con su padre en la que el joven estuvo a punto de perder la vida luego de recibir una puñalada en el mismo centro del pecho fue la situación que lo devolvió tras las rejas en agosto de 2014 por violar la probatoria.
“Tal parece que Dios tiene otra encomienda para mí”, dijo Jesús, quien lleva desde abril de este año disciplinándose y educándose en el Campamento Santiago y es posible que salga a la libre comunidad este martes, a pesar de que le quedan dos meses para cumplir su falta y tomar el examen para ingresar a las fuerzas armadas y convertirse en francotirador.
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