Columna de Armando Valdés: Ciudad y movilidad
Viví en Viejo San Juan muchos años. En la ciudad amurallada, el estacionamiento era para mí, como lo es hoy para muchos vecinos, un problema que se manejaba…
Por Armando Valdés @armandovaldes
Viví en Viejo San Juan muchos años. En la ciudad amurallada, el estacionamiento era para mí, como lo es hoy para muchos vecinos, un problema que se manejaba con estoicismo y buen humor. No es una situación constante, como cualquier asunto que dependa del azar. En ocasiones llegaba al casco urbano y encontraba estacionamiento frente a mi apartamento sin siquiera tener que dar una vuelta. En otras —las menos veces— el suplicio podía durar media hora, hasta que me daba por vencido y optaba por pagar en algún garaje o por arriesgarme en alguna línea amarilla.
Mis amigos y parientes de afuera de la isleta siempre se quejaban y me cuestionaban por qué vivía en un lugar donde tenía que pasar ese trabajo al finalizar cada día. Yo se las viraba. ¿Por qué cogían ellos tapones a diario para llegar del suburbio a sus oficinas?
Y es que ahí está el trueque que hacemos todos cuando decidimos dónde vivir. A mí me gusta la ciudad. Las casas son más pequeñas y ciertamente hay algunos problemas con la limpieza y el aparcamiento. Pero a cambio de esos sacrificios mínimos, se vive en un ambiente en el que se comparte con personas diversas, se camina al supermercado, al cine, a una barra o a un restaurante, y se evita, en gran medida, el tráfico que enfrentan quienes viven fuera de la ciudad.
La propuesta del Municipio para limitar el estacionamiento a residentes en ciertas calles del Viejo San Juan y en determinados horarios es un intento genuino por hacer más cómoda la vida de quienes viven allí. Debería gozar del respaldo de toda la comunidad. La zona histórica se mantiene, porque hay personas que optan por vivir allí, por invertir en la restauración de estructuras y por darles vida a sus calles. Los comerciantes que se han expresado en contra de esta propuesta —partiendo de la premisa equivocada de que limitar el estacionamiento a residentes restringiría el acceso para sus clientes— deberían reconocer que muchos de sus más importantes patrocinadores son los propios residentes. En el balance de intereses que se debe lograr para asegurar la buena convivencia de cualquier comunidad, todos los sectores deben estar dispuestos a ceder y a considerar las relaciones complejas que se dan entre unos y otros.
Ahora bien, para realmente atender el problema del estacionamiento en la isleta de San Juan, y en el resto de la ciudad, tenemos que darnos cuenta de que es meramente un síntoma de una complicación mayor con la movilidad. Esta se dificulta por los históricos problemas con el transporte colectivo en Puerto Rico y por el alto costo y poca confiabilidad de los taxis.
El país y la ciudad deben abrirse a nuevas modalidades de transportación que le permitan al ciudadano dejar en su hogar el vehículo privado. Las alternativas están ahí. Empresas como Uber están revolucionando la movilidad urbana en todo el mundo, ofreciendo nuevas opciones que harían de San Juan un lugar más habitable. Mejorar el transporte colectivo hacia la zona histórica, como ha hecho exitosamente el Ayuntamiento durante las más recientes ediciones de las Fiestas de la Calle San Sebastián, debe también ser una prioridad.
Todo debe dirigirse a facilitar, y no a entorpecer, la movilidad del ciudadano, de tal forma que se fomente el desarrollo económico, se reduzcan los incidentes ocasionados por conductores ebrios y se evite la necesidad de utilizar el limitado recurso de ls tierra para estacionamiento.


