Columna de Armando Valdés: Nubes negras

La sequía que azota al país se ha tornado en una verdadera emergencia nacional. En el día de ayer, el Monitor federal amplió la lista de municipios bajo la…

Por Armando Valdés @armandovaldes

13 ago 2015, 11:00 pm 3 min de lectura
Columna de Armando Valdés: Nubes negras

La sequía que azota al país se ha tornado en una verdadera emergencia nacional. En el día de ayer, el Monitor federal amplió la lista de municipios bajo la categoría de sequía extrema y, en total, ya unas 2.9 millones de personas —más de un 80 % de la población— viven en zonas bajo alguna clasificación de sequía. Mientras tanto, para paliar la situación, la Autoridad de Acueductos y Alcantarillados ha establecido un plan de racionamiento de agua potable que al momento afecta el diario vivir de 1.4 millones de puertorriqueños.

A pesar del buen manejo de esta situación por parte del Gobierno, no deja de trastocarse seriamente el funcionamiento del país. Sí, el Gobierno logró abrir las escuelas a tiempo —de paso, en un inicio de semestre que no ha levantado muchas de las usuales quejas que rodean esta tradicional anual—, pero, aun así, los padres trabajadores tendrán que lidiar con un día menos de clases a la semana.
De paso, los comercios —desde el cafetín de la esquina hasta hospitales e intereses industriales— han tenido que ajustar sus operaciones a gran costo para el sector privado. El impacto económico ha sido, y continuará siendo, significativo, y coincide, lamentablemente, con una tormenta fiscal que también azota nuestras costas.

Ante esta realidad, la responsabilidad de actuar es compartida. Los ciudadanos y las empresas tenemos que conservar y hacer uso más inteligente del recurso que llega a nuestros hogares y negocios. Debemos, además, contemplar alternativas para reusar o rescatar fuentes de agua que hoy se desperdician. Las unidades de acondicionamiento de aire, por ejemplo, generan grandes cantidades de agua en el proceso de condensación. En edificios más grandes, y aún en algunos hogares, esa agua podría ser usada para bajar inodoros o regar la vegetación.

Igualmente, debemos considerar inversiones no solo en cisternas para almacenar el recurso que llega a través de las tuberías, sino también para captar la lluvia. Además, tenemos que adaptar nuestras vidas a un consumo menos intenso del recurso, por ejemplo, eliminando la grama como elemento decorativo en los patios.

Al Gobierno le toca, como garantizador del interés público, primero, administrar la crisis inmediata; segundo, desarrollar infraestructura y políticas públicas de cara al futuro que propendan a mejorar el uso del recurso; y, tercero, levantar la voz de alerta, a nivel regional e internacional, sobre el impacto del cambio climático en las poblaciones caribeñas.

En esas dos primeras prioridades hace falta que se despejen los cielos de aquellas nubes negras que ven con suspicacia y cinismo toda acción gubernamental. Oímos críticas esta semana, cuando el Gobierno inició un proyecto para provocar artificialmente que llueva sobre las cuencas hidrográficas de los embalses. Se criticó el costo —que no excede los $70,000 mensuales— y, sin evidencia alguna, su impacto ambiental. Pero me pregunto: si supusiera un alivio para los 1.4 millones de puertorriqueños que hoy pueden no tener agua en el grifo, ¿no valdría la pena intentarlo? Aun si su eficacia no fuera 100 % certera, ¿no se lo debemos a esas personas?

Que quede claro, no hago estos cuestionamientos solo en lo que concierne a este valioso experimento. Pasada esta crisis inmediata, ¿qué dirán estos mismos opositores cuando se intente desarrollar nuevos embalses? Y es que, en este tema, como en muchos otros, es hora de que busquemos los grises y nos demos cuenta de que, por el bien del país y de la gente, a menudo hay que lograr un balance entre polos opuestos. Lo que no puede suceder es que nos atrincheremos y nos resistamos en todo momento al cambio. Esa es la receta para el inmovilismo y la perpetuación de las múltiples crisis que enfrentamos.