Columna de Dennise Pérez: ¿Dubi-dubi en público?
Siempre me he preguntado de quién fue la idea del dubi-dubi. Y tengo gran curiosidad por saber de dónde salió la palabra, cuál es su origen.
Por Dennise Y. Pérez @denniseypr
Siempre me he preguntado de quién fue la idea del dubi-dubi. Y tengo gran curiosidad por saber de dónde salió la palabra, cuál es su origen.
Usted puede estar pensando que yo tengo un problema mental si la idea del dubi-dubi me trastoca el pensamiento. Puede que así sea. Pero lo confieso. No tengo problemas en admitir que me distraen las boberías. Y esta me vuela la cabeza.
De una cosa estoy segura: el dubi-dubi tiene que ser un asunto caribeño. Primero, porque el clima del trópico parece ser el culpable de la necesidad del dubi-dubi. Segundo, porque no lo he visto en otra parte del mundo.
Desde chiquita he vivido familiarizada con el dubi-dubi. Tengo una tía a la que una vez, de pequeña, no reconocí al llegar a casa porque llegó sin pinches en la cabeza. Llevaba una vida viéndola en dubi-dubi. Imagínese. Llegó un día sin ellos y para mí era como una extraña. Quizás por ese vínculo familiar puedo entender y solidarizarme con las mujeres que se hacen el dubi. Pero mi solidaridad tiene límites.
A ver cómo explico esto. Uno hace con su vida lo que quiere. Y con su cabeza, imagínese, aún más. Pero yo diría que esa necesidad de hacer lacio un pelo “complicado” es una cosa bien personal, bien privada, de casi cinco minutos y escondío en el baño.
Y digo “complicado”, entre comillas, porque el pelo rizo para mí tiene de todo menos complicado. Pero el ser humano es complicado. El que tiene pelo lacio se hace permanente y el que lo tiene rizo se lo alisa o se lo plancha, dependiendo de la “gravedad” del caso. La inconformidad personal es naturaleza humana. Está claro.
Yo tengo el pelo algo rizo. Yeap. Y si usted me ve por ahí “dando pelo” es porque gasto buena parte de mis ingresos en acomodar a la bestia. Pero hay algo que usted nunca verá: a mí en dubi-dubi.
Yo me imagino a la primera persona que se hizo ese invento pensando en qué dirección iba el cabello y eligiendo qué material era el correcto para aguantar el peso del pelo, aguantar la humedad y provocar el resultado. Tiene que haber sido un proceso largo y quizás esa persona nunca supo que había algo de física envuelta en el asunto.
El invento le salió bien. Esos pinches metálicos hacen la diferencia. Y logran su propósito. Pero es el asunto de llevarlos puestos en público que a mí me pone loca. A ver, la idea para quienes acuden a la técnica es verse más lindo, básicamente. Pues entonces debería ser para verse lindo siempre.
Yo no me siento linda con esas cosas puestas, así que no entiendo el sacrificio de usarlos en público, en el supermercado, en la oficina médica, en la plaza pública, y, peor aún, frente a tu marido. De nuevo, si el propósito es verse “bonito”, usarlo en público derrota el propósito. Usarlo frente a tu esposo, peor. Pero claro, debe ser que hay mucha confianza en la relación. Lo entiendo. Es más, creo que empiezo a admirar el fenómeno. El complejo es nivel cero. Significa que la autoestima está en high. Debe estarlo, porque ir a buscar al nene a la escuela con los pinches puestos a mí me daría como cosita, por mí, pero más por el nene.
Esto del dubi-dubi también representa como una ambigüedad y contradicción. ¿De qué vale ir al cine sin pinches si ya fuiste a Walmart antes con los pinches? ¿Cómo elegiste torturar al cajero de Walmart, pero no al del cine?
Y hablo de los dubi-dubi, pero también hay quien sale de la casa en rolos, con un guille terrible. Yo recuerdo una sola vez que salí del beauty en rolos porque iba para la boda de mi hermana y tenía instrucciones de hacerme rolos. Y el trayecto del beauty a mi casa fue una angustia. Encontré todos los semáforos en rojo, mientras le suplicaba a Dios que impidiera que cometiera una infracción de tránsito. Porque que te pare un guardia en rolos debe estar del carajo.
De verdad. Cada loco con su tema y cada cabeza con sus pinches. Pero es raro, muy raro.


