Columna de Armando Valdés: Bombardeando las papeleras

El cuentapropismo en Cuba ha desatado una gran ebullición empresarial. Algunos comercios son de esperarse. En los sectores más céntricos de La Habana, se abren…

Por Armando Valdés @armandovaldes

4 ago 2015, 11:00 pm 3 min de lectura
Columna de Armando Valdés: Bombardeando las papeleras

El cuentapropismo en Cuba ha desatado una gran ebullición empresarial. Algunos comercios son de esperarse. En los sectores más céntricos de La Habana, se abren nuevos restaurantes y barras. En las zonas menos pudientes, vendedores ambulantes ofrecen dulces y reposterías, y, en ciertos puntos concurridos, se reúnen comerciantes incipientes para ofrecer, desde sus pequeñas mesas plegadizas, bisutería y otros artículos confeccionados por su ingenio.

Otros negocios sorprenden. En el barrio de Miramar, VidaSpa ofrece lo último en tratamientos corporales para una clientela que, según la dueña, es mitad cubana y mitad extranjera. Y aunque económicos para los de afuera —cuatro horas de servicios pueden costar tan poco como cuarenta dólares estadounidenses— el hecho de que un 50 por ciento de la clientela sea local apunta a otro desarrollo que es enteramente nuevo para Cuba: la aparición de una clase con algún ingreso disponible para gastos discrecionales.

Ahora bien, el creciente sector privado no implica la desaparición del público ni su sustitución como principal motor económico del país. Por el contrario, en todas partes se ve la tensión entre uno y el otro.

Mientras los empresarios nativos demuestran estar a la altura de cualquier economía moderna, los negocios estatales son anacrónicos. El susodicho spa cuenta con un diseño contemporáneo y una paleta de colores mate que delatan una sensibilidad estética neoyorquina. En cambio, una tienda por departamentos del gobierno en la Quinta Avenida vendía muebles que, si no eran usados, entonces habrían estado en el piso al menos desde la victoria de la revolución. Ni hablar de los hoteles estatales, que son monumentos a la ineficiencia pública y, aun los que están en la afamada playa de Varadero, son producto del buen gusto de un burócrata de los años setenta.

La gestión económica privada está circunscrita a aquellas actividades que el Estado no se reserva para sí. Una larga lista de ocupaciones permitidas excluye la reventa, limitando al aparato público el comercio al detal o al por mayor. Esto, a su vez, restringe a otros sectores de la economía, ya que la planificación centralizada ha demostrado ser ineficaz anticipando las necesidades del consumidor.

Donde un comerciante sabría, por las meras fuerzas de oferta y demanda, qué productos debe reabastecer para suplir las exigencias de su público, el Gobierno es demasiado grande y lento para responder con igual eficacia. Así pues, durante mi estadía, escaseaba el queso en todo comercio de La Habana.

Estas fallas de la planificación económica estatal se perciben en otras formas menos evidentes. En el mirador del Puente de Bacunayagua —una parada obligada en el trayecto hacia las playas de Matanzas— la oferta de libros en la pequeña tienda de souvenirs se limitaba mayormente a textos sobre la revolución y sus héroes. Aunque sin duda habrá algunos turistas interesados en la política cubana, apostaría que hay muchos más interesados en libros de fotografías de La Habana de los 50 y 60, y recetarios de cocina y coctelería cubana.

Al igual que en ese centro turístico, en todas partes la burocracia es evidentemente más importante que el cliente. Para alquilar un vehículo de motor, de la única empresa estatal autorizada a ofrecer este servicio, me vi envuelto en una odisea de varios días para acabar pagando de más por un sedán chino de los noventa. Todo se enfrenta con un sentido del humor típicamente cubano, que reconoce lo absurdo en el trajín cotidiano y la inutilidad de resistirlo. Así fue como la empleada del establecimiento, mientras vertía a mano en un formulario, por tercera vez, la información que ya había entrado en un computador, llegó a decirme que, si los americanos hubieran querido acabar con la revolución, solo habrían tenido que bombardear las papeleras.