Columna de Armando Valdés: Resistencia y consenso
En la larga historia del pueblo puertorriqueño, las imposiciones nunca han funcionado. Nosotros nos resistimos —con contadas excepciones— de forma pacífica y…
Por Armando Valdés @armandovaldes
En la larga historia del pueblo puertorriqueño, las imposiciones nunca han funcionado. Nosotros nos resistimos —con contadas excepciones— de forma pacífica y derrotamos a los que, desde adentro o desde afuera, pretenden dirigir nuestro destino sin nuestro consentimiento.
Ejemplos hay de más. Desde la época de la colonia española, el criollo resistía los controles mercantiles de la metrópoli a través de un amplísimo mercado negro nativo, que en alguna medida sobrevive hasta el día de hoy en la llamada economía informal. Resistimos también la instrucción obligatoria del inglés en las escuelas, no como método para expandir los horizontes intelectuales del puertorriqueño por medio del bilingüismo, sino como herramienta represiva para modificar nuestro ADN cultural.
Así pues, la propuesta de un tal Duncan cae en terreno estéril. La idea de imponerle a Puerto Rico una junta de control fiscal desde Washington es un arranque de vanidad de un americano que evidentemente no entiende la idiosincrasia boricua.
El genio de la gestión muñocista, que culminó con el establecimiento del Estado Libre Asociado, fue la búsqueda de soluciones puertorriqueñas a los problemas nuestros, en colaboración y no en confrontación con el Gobierno estadounidense. En vez de imponer las soluciones, se negociaban. Y en vez de pretender ejecutarlas desde la Capital federal, reclamábamos para nosotros los poderes que nos permitieron, con esfuerzo propio e ingenio, pasar de ser de las naciones más pobres del hemisferio a una de las más prósperas.
Las soluciones a la actual crisis también las encontraremos aquí. La magnitud de lo que enfrentamos hoy solo encuentra comparación precisamente en la situación del país que Muñoz Marín comenzó a dirigir a partir del 1941. El nivel de deuda ha llegado a un punto insostenible. Solo en este siglo la deuda se ha duplicado debido al financiamiento de déficits recurrentes. La actividad económica, aunque muestra señales positivas en áreas como el turismo, la agricultura, la manufactura y el empleo privado, requiere de mayor pujanza. Y la emigración, efecto de los primeros dos factores, pasa también a convertirse en causa al reducirse la fuerza laboral y la base de consumidores y contribuyentes.
¿Qué podemos hacer, en consenso y diálogo con el Gobierno federal, para comenzar a atender esta realidad? Nuevamente, debemos reclamar herramientas que nos permitan dirigir la recuperación desde Puerto Rico. Lo hicimos antes y lo podemos volver a hacer. No hace falta un cambio en el estatus ni tenemos el tiempo para esperar a que ocurra. La urgencia nos obliga a actuar ahora de forma unida, dejando a un lado la política partidista.
Reclamar una excepción a las leyes de cabotaje para Puerto Rico, un nuevo incentivo federal para creación de empleos y atracción de inversión, acceso al capítulo 9 de la Ley federal de Quiebras y que se nos dé paridad en Medicare —donde ya tenemos paridad en cuanto a lo que pagamos por participar del programa— son solo algunas medidas cuyo costo para el Gobierno federal es mínimo y que nos permitirían, como hicimos unos 70 años atrás, levantarnos por cuenta propia y mirar hacia el futuro con renovada esperanza.


