Columna de Dennise Pérez: Pagar pa’ que te soben
No tengo vergüenza en decir que pago pa’ que me soben. Y me encanta.
Por Dennise Y. Pérez @denniseypr
No tengo vergüenza en decir que pago pa’ que me soben. Y me encanta.
Antes me babeaba por los letreros de whoppers. Ahora se me caen las babas por los letreros de masajes y de spas. Si por mí fuera, iría todos los días. Entre el trabajo, las tareas diarias, los esfuerzos mentales, y el tamaño de mi cartera, a veces llego sin espalda y sin cuello a casa. Vivo bien sencillo, pero confieso que si me dieran a elegir entre una mucama o una masajista, me voy con la masajista y me tiro la limpieza sola. Total, si después me van a sobar.
¿Usted se imagina llegar a la casa, quitarse los zapatos, darse un bañito y que le den un masajito a la carta? O sea, que en lugar de pedir arroz y bisté, pueda pedir un masajito de pies el lunes, un masajito de espalda baja el martes, un tratamiento de “batatas” el miércoles, unos haloncitos de pelo para estimular el cuero cabelludo el jueves y piedras calientes de viernes a domingo. Eso es como un sueño.
La gente quiere pegarse en el Powerball para ser ricos. Yo no quiero una casa nueva ni me hace falta un Porsche. Con unos buenos miles puedo asegurar una buena educación para mi hijo, una casita en la playa para mi esposo y un(a) masajista full time para mí. Como en el cliché ese de las películas árabes, que tienen un eterno “abanicador” o dos, pues así, pero masajista.
No me tocó un marido sobón y confieso que no soy una esposa sobona. A duras penas, si me lo piden, puedo pasar una mano por el pelo o por la espalda dizque con la excusa de acelerar el proceso de dormirse, pero duro poco porque soy vaga para eso y porque casi siempre necesito mis manos libres para otras cosas, para el teléfono, para la computadora, para el control de la tele o para sobarme yo misma.
Cada vez que puedo, y no puedo mucho, pago pa’ que me soben. Esa musiquita, ese apartamiento temporero del mundo externo, el olorcito a lavanda y unas manos. No importa qué manos, después que sepan la técnica, me funciona. Suaves, chiquitas, grandes, ásperas, me da exactamente igual.
A veces me duermo, pero muchas veces me da risa porque recuerdo que una vez marqué el celu sin querer y mi amiga solo escuchó un “¿cómo te gusta: suave o duro?” No fue fácil explicarlo. Y ahora, cada vez que me doy uno, me aseguro de que el celu está apagado o lejos, no sea que se escuche un “¿lo quieres más duro?” y que papi o mami estén en la línea. No habría manera de
explicar eso.
He ido varias veces en vacaciones a masajes de pareja. Y eso también me da risa, mucho más que relajación. No puedo entender cómo es que mi esposo puede decir que el masaje estuvo bueno si lo escuché roncar desde el minuto 2. A mí me gusta sentir que me están “desnudando”, es decir, que me van quitando los nudos que se me forman en la espalda. A veces son tantos que termino con más dolor, pero sin nudos y sobada. De show.
He encontrado gente a quienes no les gustan los masajes hechos por extraños. Piensan que el cuerpo es demasiado privado para tirarse en tanga en una camilla y entregarse a manos extrañas. Pues tampoco me importa que sea un extraño, de hecho, ¡mejor! Porque yo no lo quiero para que sea mi amigo, tampoco lo voy a pedir en Facebook. ¡Lo quiero pa’ que me sobe!
De verdad, de verdad, que una buena sobada, aunque cueste, brega.


