Opinión: La odisea de hablar con un extraño
Hay gente muy callada y otra que no para de hablar. Cada cual hace galas de la personalidad que tiene y no hay nada malo con eso, pero si tuviera que elegir…
Por Dennise Y. Pérez @denniseypr
Hay gente muy callada y otra que no para de hablar. Cada cual hace galas de la personalidad que tiene y no hay nada malo con eso, pero si tuviera que elegir cuál de los extremos prefiero, no sabría por cuál lado irme, a menos de que se trate de este mismo instante, sentada en un avión, encerrada por tres horas y pidiéndole a Dios que a mi vecino o le dé sueño o note que lo estoy ignorando.
Que conste que estoy de muy buen humor, aunque es un vuelo temprano, tuve que madrugar y tragarme tres tapones. Dormí, me siento preparada para la agenda que me espera, básicamente la vida me sonríe. Pero no soy muy habladora. (Se escuchan risotadas de mis amigos aquí, supongo). No lo soy. Soy una habladora promedio, que se activa ya sea por el tema o por la confianza que tenga con la otra parte, pero generalmente hasta algo tímida soy. (Otra vez se escuchan risas.)
Me cuesta iniciar conversaciones con extraños por mi cuenta más allá de los buenos días, gracias o por favor, frases cortas pero significativas y necesarias. Quizás por eso siento algo de admiración por quienes no tienen problemas con hacerlo. Hay de todo en la viña del Señor, dice mi madre, pero una de las peores torturas para mí es tener a un extraño al lado y sentir que tengo que tener una conversación. Porque quizás esa otra persona es como yo y aprecia la cortesía mas no las conversaciones o, por el contrario, habla por un tubo y siete llaves y se siente él incómodo conmigo .
Por eso para mí hay dos escenarios de cuidado en este tema: las oficinas de médicos y los aviones. Entre la espera eterna del turno en el consultorio médico y el confinamiento de un avión, son bien altas las posibilidades de toparse con un hablador.
Haga memoria. En las oficinas de los médicos siempre hay un relativo silencio, pacientes resignados, como uno leyendo o mirando fijamente el programa local de televisión que te hayan puesto, pero siempre hay uno o dos que parecen cotorras. Comentan todo: los anuncios de la tele, el reportaje del periódico, todo. Y uno elige si se inserta o los bloquea. Yo los escucho porque no hablo mucho, pero sorda no soy. Casi en la totalidad de las ocasiones me mantengo callada y sin opinar, a menos que la persona casi me mire directamente a los ojos y me haga una pregunta. Tampoco quiero que asuma que soy sorda y empiece a hablarme en señas.
Sorry, pero hay gente que habla como si tuvieran ocho hermanos y una madre maestra de kinder en la casa. Mi nivel de timidez en esta área llega al extremo de coger una revista, aunque no la lea, para enviar un mensaje de “no estoy”.
Es que no hay nada peor que sentir que uno TIENE que hablar. Para mí es como si me presentaran a mi suegra y el novio me dejara un momento a solas con ella en lo que va al baño. Ese es de los momentos más eternos e incómodos que me pueda imaginar. “Coquí, coquí, coquí”.
En los aviones es la misma cosa. Uno llega, da los buenos días y generalmente hace un comentario genérico tipo “por fin, pensé que no llegaría”. Para mí, eso es suficiente, pero me ha tocado cada caso de persona necesitada de conversación que es simplemente desesperante. Generalmente me coloco mis audífonos para combatir el ruido, pero también a los habladores. Estos habladores parecen indefensos pero típicamente empiezan con la pregunta “¿negocios o placer?” y ya ahí a mí me suenan las alarmas. Esa persona tiene interés de conversar.
Y claro, hay gente que no respeta los espacios y, sin conocerte, te hablan como si se hubieran criado juntos, muy de cerca de tu propia cara, como si te estuvieran haciendo rayos X. ¡Eso es horrible para mí! Y en un avión es fatal.
Sé que hay una línea muy fina entre que la gente interprete ser tímido con ser carnepuerco. No soy amish, no me criaron lejos ni ajena de todo. Y suena como un perfecto contrasentido que mi formación académica sea la de “comunicadora social”.
Sea que me acusen de insegura o de carnepuerca, la verdad es que hay muchos silencios necesarios y en este momento estoy compadeciendo a la vecina de mi vecino en el avión. ¿Quién la manda a no hacerse la dormida?


