Opinión: El mall del diablo
Érase una vez una isla con serios problemas económicos, sumergida entre titulares de caos y de protestas contra los impuestos anunciados y con una idea tan…
Por Dennise Y. Pérez @denniseypr
Érase una vez una isla con serios problemas económicos, sumergida entre titulares de caos y de protestas contra los impuestos anunciados y con una idea tan generalizada de depresión que volaban aviones de exilio en su cabeza.
Érase una vez una isla que celebraba la llegada de un mega centro comercial, construido a un huevo de millones de dólares y cuya llegada era esperada como Santa Claus en Navidad.
Sí, es la misma isla. Es Puerto Rico.
Aceptemos que somos una isla repleta de contradicciones. Y si no las tuviéramos seríamos Disney y no Puerto Rico.
Y hay varias maneras de ver esa contradicción. Puedes aceptarla, como yo, o combatirla quejándote en Facebook. En los pasados días ha sido iluminador ver tanta gente quejándose en las redes por la llegada a la isla de un centro comercial de lujo, reaccionando como si fuéramos indios caribe a la llegada de los españoles, pero aceptando la “invasión” en el nombre de Cristo.
En ese sentido la contradicción compite de nariz a nariz con nuestra hipocresía. Lo dije en ese momento y lo reitero. Desgarrarse las vestiduras por la llegada de Saks 5th Avenue y Nordstrom es tremenda hipocresía. Es más o menos el mismo caso de La Comay. Le encantaba a la gente pero todos la veían “cambiando de canal”. Tarde o temprano todos termirán yendo al mall “derrrr diablo” y no a comprar panties. A comprar, comprar. Aunque sea tarjetazo a tarjetazo.
¿O usted no ha visto Instagram en estos días? Deben ser los únicos días en que los puertorriqueños no están posteando fotos de comidas. Ahora postean fotitos de bolsas, sip, de Nordstrom, y suben las fotos de la cartera Vuitton con sus iniciales. Sip, porque por un módico precio le graban las iniciales a la Vuitton. También por una módica suma la super Sarah Jessica Parker le firma la caja de zapatos después de una filita bastante nutrida. Está buenísimo. Me hubiera gustado estar en la fila. De seguro alguien se quejó de lo cara que está la luz.
Somos contradictorios. Y algo desconsiderados. Porque detrás de la demonización del mall a esa misma gente parece no importarle que hay tres mil almas que hoy tienen empleo y que llevan el pan decentemente a su casa. Y sí, de seguro emplean gente de las comunidades adyacentes.
Los puertorriqueños somos el cuento de nunca acabar. Nos quejamos si sí y nos quejamos si no.
Quisiera pensar que la crítica al mall es honesta. Ojalá lo fuera. Pero no. Es que tenemos el síndrome de la gata Flora. Es hablar por hablar.
Que quede claro que no he ido al mall y que no tengo interés alguno involucrado en el nuevo centro comercial al que no he tenido necesidad de ir aún. Pero iré en algún momento, aún cuando soy enemiga de los centros comerciales, porque soy tacaña y de crianza de campo. Cuando vaya caminaré erguida por allí, haré cero window shopping, compraré de verdad, me tomaré un café que no postearé en redes y compraré algo más que panties.
No molesten. Dejen a la gente vivir.


