Opinión: Mi primer día en el metro
Pasé la tarjeta del metro por la ranura indicada y busqué a mi alrededor a alguien que me guiara hacia donde debía continuar para subirme al tren. Un muy…
Por Natasha Sagardía @NatashaSagardia
Pasé la tarjeta del metro por la ranura indicada y busqué a mi alrededor a alguien que me guiara hacia donde debía continuar para subirme al tren. Un muy dispuesto guardia se acercó a mí, supongo que mi cara de pérdida despertó su actitud de servicio y me preguntó:
—Señorita, ¿puedo ayudarle?
—Sí, por favor, necesito ir a la Universidad de Río Piedras. Es la primera vez que me subo al metro y ya hice mi primera novatada: llené la tarjeta con mis únicos veinte dólares. Créame, no quiero terminar en Bayamón en vez de en Río Piedras.
El muy dispuesto guardia se rio con una carcajada que me liberó de la sensación de estar perdida. Tal vez no quería saber todo lo que había pasado en mi día, pero creo que al menos le hice pasar un momento divertido.
Me indicó amablemente el camino y se alejó con una sonrisa en la cara, que me recordó a Benggy.
Benggy es el primer puertorriqueño que conocí, el guardia de seguridad de una tienda de ropa en Santurce. La tienda estaba justo debajo del apartamento que solíamos rentar. Había días que pasaba con él largas horas hablando, pidiéndole direcciones o simplemente sentada a su lado escuchando cada vez que decía: “Buenos días y a la orden”, a alguna de las clientas, a quienes les abría la puerta acompañado con un “pip” de su beeper.
-“Oye, no te olvides que yo soy tu primer amigo aquí”. Solía decirme cuándo le contaba que extrañaba mi país. Era un hombre servicial con una sonrisa llena de dientes y un corazón de oro.
Ese guardia muy dispuesto del metro, de carcajada contagiosa, me regaló un viaje a los recuerdos. Un viaje a esos primeros encuentros con la isla y sus mejores representantes, su gente.
Las escaleras mecánicas de la estación del Sagrado Corazón me llevaban mientras las imágenes del guardia, muy dispuesto, y la del Benggy de mis recuerdos se alejaban. En cada giro de la polea, que movía los escalones, yo estaba más cerca del tren y más lejos de estar perdida.
No quiero decir que viajar en el metro fue una revelación, pues sonaría demasiado viajera, pero en realidad tengo que admitir que fue una experiencia muy interesante.
La fragilidad que sentí al experimentar algo nuevo en mi país, mezclada con la contagiosa carcajada del guardia y la disposición amable que me llevó a recordar a mi primer amigo en isla, don Benggy, me forzó a alejarme de la comodidad de lo dominado y conocido.
La comodidad es a veces, lo único que hay que soltar para abrirse a un encuentro con experiencias que vuelven a definirnos. Hoy descubro el metro y un guardia con sonrrisa contagiosa que me recuerda lo mejor de este país, su gente.
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