Opinión: Vanidades democráticas
La natimuerta candidatura independiente a la gobernación que ha dado tanto de qué hablar esta semana es como el fenómeno mediático del traje aquel cuyo…
Por Armando Valdés @armandovaldes
La natimuerta candidatura independiente a la gobernación que ha dado tanto de qué hablar esta semana es como el fenómeno mediático del traje aquel cuyo aspecto, para algunos, era blanco y dorado, y para otros, azul y negro. En otras palabras, la habremos olvidado ya en apenas unos días.
Aun así, permanecerá el propósito —presumiré que honesto y bienintencionado— de querer romper con el monopolio de los partidos tradicionales sobre el poder público. La ingenuidad y quizás sus egos son las piedras en el camino para quienes aspiran a dicho fin.
En primer lugar, los partidos sirven una función importante y natural en los sistemas políticos participativos. Tan temprano como en las democracias ateniense y romana, los líderes políticos se agrupaban en coaliciones, bloques, facciones o incluso en estructuras partidistas. Lo mismo sucedió en la era moderna a partir del inicio de la gobernanza democrática en Estados Unidos y en el tumultuoso periodo de transición de una monarquía absoluta a una república durante la Revolución francesa.
Los partidos tienen sus propósitos. Sirven para organizar y orientar la gestión pública cuando están en el poder, para fiscalizar al gobierno cuando no, para facilitar la participación electoral de sus miembros, y para supervisar los procesos de votación. En un país sin partidos o con uno solo —que es esencialmente lo mismo— no hay verdadera democracia. Los individuos no pueden por sí solos ocupar el espacio de los partidos políticos.
En segundo lugar, es ilusorio pensar que los movimientos electorales pueden engendrarse desde arriba sin que respondan a momentos y necesidades puntuales en la historia de los pueblos. El Partido Popular Democrático nació ante el tranque de las fuerzas políticas tradicionales, en medio de una profunda depresión económica y ante la ausencia de una voz eficaz que representara al trabajador puertorriqueño. El Partido Independentista Puertorriqueño, ante la necesidad de darle al electorado que favorecía la separación de EE. UU. un espacio en la papeleta para expresar su posición ideológica. Y el Partido Nuevo Progresista, en medio de una división en el movimiento anexionista y ante la inminencia de un plebiscito en el cual no habría sido representado de no ser por el liderato de don Luis A. Ferré.
Las candidaturas y los partidos creados en las entrañas de alguna agencia publicitaria fallan porque no tienen pueblo. Al no hacer el trabajo de base, acaban siendo proyectos de vanidad en los que un grupo pequeño promueve su visión particular del país y ofrece como alternativa únicamente la superioridad de sus candidatos.
Sin duda, el sistema político puertorriqueño necesita reformarse. Sin embargo, solo se logrará con una profunda transformación y no meramente cambiando a quienes aspiran dentro de él. Como escribiera en este rotativo, en una columna intitulada “Esquizofrenia política”, en febrero de 2013, “Puerto Rico necesita un sistema escalonado de elecciones, donde parte de la Asamblea Legislativa sea elegida en un año distinto al de la contienda por La Fortaleza. Igualmente, la papeleta legislativa no debería agrupar a los candidatos por partido, de tal forma que se tengan que dar a conocer entre sus constituyentes y se deban a ellos. Y ya es hora de que el pueblo pueda plantear propuestas legislativas directamente, como es el caso en 24 estados y el Distrito de Columbia”.
Darle mayor participación al ciudadano, permitirle al pueblo cambiar de curso a mitad de cuatrienio y asegurar que los legisladores sean elegidos por sus méritos y no meramente por la insignia que aparece arriba de su foto le proveería de mayor estabilidad al ordenamiento jurídico y mayor apertura real a nuevas ideas y perspectivas.
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