Opinión: Concepción artificial
Apenas horas antes de sentarme a escribir esta columna, se me acercó un caballero en un centro comercial del área metropolitana y me preguntó sobre mi opinión…
Por Armando Valdés @armandovaldes
Apenas horas antes de sentarme a escribir esta columna, se me acercó un caballero en un centro comercial del área metropolitana y me preguntó sobre mi opinión del IVA, del debate público que ha suscitado y de la imagen del gobernador ante la controversia. Me aseguró, además, que estaba descontento con el proceder del gobierno y que la medida no se aprobaría. Convencido de que estaba ante un opositor de la transformación contributiva que ha presentado la administración de Alejandro García Padilla, me atreví a preguntarle si había sacado sus números y si sentía que saldría mejor o peor. Me sorprendió cuando, sin pensarlo mucho, me dijo que él, y todos sus amigos y conocidos, salían mejor —mucho mejor— con el nuevo sistema que con el actual.
Luego de unas trilladas formalidades, concluyó la conversación y comenzó mi introspección. ¿Cómo conciliar que una misma persona pueda mostrar tanto desdén hacia una propuesta que por su propia admisión resulta de beneficio para ella? ¿Y cómo explicar ese mismo fenómeno llevado al nivel de todo un país?
La contestación no es del todo sencilla. En primer lugar, hay que reconocer que la propuesta no se ha desdoblado de forma idónea. El ambiente político y mediático es sumamente complicado, en el que, para colmo, la discusión de la forma ha superado la sustancia. La reacción al mensaje del gobernador, transmitido el lunes, ilustra este problema. En lugar de enfocar en el contenido, la mayoría de las críticas giraron en torno a la fecha en que se grabó el mensaje, el que no fuera en vivo y el que aceptara preguntas del público. Es, lamentablemente, el triunfo del analista político, en el domino de la discusión pública, sobre el periodista.
Hay también una inclinación, particularmente en los medios sociales, a pintar todo lo que provenga del gobierno – sea anexionista o estadolibrista – de la forma más negativa. Cualquier propuesta se recibe con cinismo, suspicacia y rechazo. Ciertamente, los gobiernos le han dado razones al ciudadano para alimentar sus peores sospechas. Pero igual, esta reacción instintiva impide cualquier discusión sosegada sobre los méritos de la acción pública.
El oportunismo también se ha dejado ver. Un puñado de personas con acceso a los medios, algunos de ellos de la política, otros representantes únicamente de sus propios intereses disfrazados como líderes empresariales, se han hecho oír. Han usurpado un debate serio y necesario, en el cual muchas personas han planteado objeciones válidas, para adelantar sus fines sectoriales y pecuniarios.
En fin, en un país en el que tan a menudo nos dejamos llevar por verdades artificialmente concebidas, se ha puesto de moda y hemos aceptado que “todo el mundo” está en contra de esta transformación y que saldrá negativamente afectado por su implantación.
¿Es esa la realidad? Las múltiples marchas de la semana pasada crearon la percepción del inevitable fracaso de esta iniciativa pero no lograron formar una coalición coherente de oposición ni reunir un número similar de personas que las multitudinarias manifestaciones en contra de la Ley 7 el cuatrienio pasado.
Mientras tanto, el gobernador se ha mantenido firme y, citando al Profesor José Arsenio Torres esta semana, “ha aparecido como líder con voluntad, valor y claridad conceptual”. Aún así, se ha abierto a la posibilidad de enmiendas a su propuesta, siempre y cuando no vulneren su fin primordial: aliviar la carga del trabajador que cumple con su deber contributivo y solventar las finanzas del Estado captando ingresos nuevos de quienes hoy pueden evadir.
Esperemos que, contra viento y marea, mantenga ese norte.
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