Opinión: 50 libras en el embarazo
Cuando pasé la recuperación del embarazo, me prometí volver a estar en forma. En casi 42 semanas de gestación subí 50 libras. No lograba reconocerme. Los pies…
Por Natasha Sagardía @NatashaSagardia
Cuando pasé la recuperación del embarazo, me prometí volver a estar en forma. En casi 42 semanas de gestación subí 50 libras. No lograba reconocerme. Los pies parecían salchichas y mis piernas eran dos o tres veces lo que eran antes. Mirarme en un espejo con un traje de baño simplemente estaba prohibido. La sensibilidad con la que andaba y el sobrepeso eran la fórmula perfecta para caer en histeria.
En la tercera visita al ginecólogo, cuando me bajé de la balanza, el doctor me dijo: “Nena, ¿te comiste todo lo que encontraste esta semana?”.
Lo primero que mi lengua, tentada, ensayó para decir fue: “Oiga, ¿pero por qué no se pesa usted?”. No lo hice. Traté de defenderme con que no había abusado, pensando en el sándwich que me había comido en el desayuno con todo el gusto y sin remordimiento.
Él es un buen tipo. Es un doctor claro, sin vueltas ni rodeos. Es y seguirá siendo el hombre que trajo a mi hija al mundo, por lo que siempre estaré agradecida. Ahora, eso no quita que por momentos, como en ese que les conté, mis hormonas se conglomeraran para querer decirle dos o tres. La verdad es que la balanza no miente, y yo me estaba comiendo absolutamente todo lo que quería.
De las barritas de cereal con chocolate, que parecen ser inofensivas y naturales (sea lo que fuere que significa eso), estaba comiendo un mínimo de seis al día. Esas barritas juntas tenían más calorías que un buen hamburger con papas, al que tantas ganas le tenía. Al bajarme de la balanza caí en cuenta. Había subido lo normal de dos meses en una semana. Salí cabizbaja, pensando que el embarazo estaba cab… y que “no hay mal que dure 100 años ni cuerpo que lo resista”.
Como si la experiencia no hubiese sido suficiente lección, Andrés, un hermano para mí, quien me había acompañado en el sonograma, no perdió la oportunidad para soltar un velloncito: “Cuidadito con lo que pides para comer. Te estoy velando”… “Está bien”, me dije. Siempre soy la que pega vellones. Estar del otro lado es necesario, pero ahora no, no es justo. Durante el embarazo todo es personal.
En esos nueve meses aprendí muchas cosas, pero uno de mis grandes descubrimientos es que amo comer. La libertad que me di con la comida se tradujo en 50 libras y un largo proceso de recuperación y ejercicio. No me arrepiento ni de una miga de pan. Cada una fue gozada como si fuera la última. Lo que rescato de mi montaña rusa de emociones es que el balance es una aventura que va más allá de las libras; el balance es un viaje con uno mismo. En el fondo, no me molestó que el doctor me dijera que me había comido todo; sino que yo no estaba dispuesta a reconocer que me había pasado, pero solo un poco. Hoy celebro ese recuerdo de la balanza como un día en el que de nuevo me seguí conociendo.


