Opinión: La confusión de ser el expaís más feliz del mundo

Sí, puede que usted se haya confundido al leer el título. Yo también me confundí escribiéndolo. Pero vamos bien, porque de eso se trata, de que estamos…

Por Dennise Y. Pérez @denniseypr

10 mar 2015, 11:00 pm 3 min de lectura
Opinión: La confusión de ser el expaís más feliz del mundo

Sí, puede que usted se haya confundido al leer el título. Yo también me confundí escribiéndolo. Pero vamos bien, porque de eso se trata, de que estamos confundidos.

Por años, Puerto Rico figuró en la lista de los países más felices del mundo, a veces llegando a ser el mismísimo primero. Y esa fama no era solo interna; rondó por muchos países. Al menos a mí me lo dijeron varias veces al revelar durante algún viaje que era de Puerto Rico. “¡Qué lindo! ¡Los más felices!”, me decían. Otros llamaban más la atención a que era el país de las mujeres más bellas. Para otros era “del país de Ricky Martin y de JLo”.

Como ven, todas esas creencias sobre la identificación de Puerto Rico con el mundo tienen una pequeña carga de confusión. La primera y quizás menos notada es que Puerto Rico sea un país. Sin ánimos de ser política, esta isla es compleja hasta en su naturaleza. Es un territorio que pertenece a otra nación, pero con unas particularidades muy poderosas que le hacen ver como país. Al menos así lo veo yo. Me parece que fue Álvaro Vargas Llosa quien dijo una vez que los gobernantes boricuas eran —sin serlo— la mismísima imagen de cualquier presidente latinoamericano, solo que no presidían nada.

Y entonces vamos a nuestra felicidad, que solo reitera nuestro nivel de conflictividad. Es interesante saber que se puede estar en la lista de los más felices y en la lista de los países con mayor narcotráfico al mismo tiempo, el mismo año. A la verdad que, si no somos los más felices, de seguro estamos en el top 10 de los más confundidos. A menos que ese grave problema nos resulte tan natural que ya no lo contamos como problema.

El otro día, después de no sé cuántos días de protestas por reformas gubernamentales anunciadas, alguien publicó que otra vez éramos de los más felices. Pero llegué al número diez y no me encontré, así que cerré la página. ¿Qué será lo que nos hace más felices? De seguro no es nuestra historia ni los titulares, porque Vietnam es el segundo y Venezuela es el noveno. Jum.

Y entonces la fama de las mujeres más bellas, bastante más vana, pero importante para algunos, se la debemos a los concursos de Trump y más recientemente a los reality shows de Univisión, que no muchas veces traslucen belleza. No diría que los descartemos, pero sin duda son mitos perpetuados por intereses económicos que, por serlo, son manipulables. Pero como somos los más felices, que venga la más bella.

Ser “del país de Ricky Martin” es de las cosas que más me gusta escuchar. Porque Ricky, más allá de su estrellato, es real, es talentoso y es embajador indiscutible de lo que somos. Encima haberlo conocido desde tan chiquito te da ese grado de nostalgia e inocencia que todos necesitamos.

Pero sí, Puerto Rico es más que eso. Por supuesto que me haría la vida feliz si alguien me dijera que soy “del país de Vargas Vidot”. Pero estoy clara. Es una historia menos glamorosa. Pero está ahí y es incalculable.

Cuando me dicen “del país de JLO”, pues ¿qué puedo decirles sin que parezca que estoy negándola? Datos reales: sus padres son puertorriqueños; ella nació en El Bronx. Es de ascendencia puertorriqueña, lo que proclama orgullosa. Unos dicen que es y otros dicen que no es. Para mí, es, porque no es mitad italiana y mitad puertorriqueña. Es mitad puertorriqueña y mitad ponceña.

Y así hay tantos ejemplos de nuestra personalidad conflictiva. Unos más serios, otros más livianos. Estamos que gritamos por la crisis económica, pero Plaza no se vacía y ahora construimos un mall de lujo en San Juan que de seguro se convertirá en los de mejores ventas en la nación.

Y eso pasa porque nos enseñaron a reír ante las adversidades, a chapaletear vigorosamente cuando nos estamos ahogando, a brindar cuando solo quede sidra y a sacar la tarjeta cuando no nos quede un peso. No es que tengamos las prioridades invertidas. Es que nos agarramos hasta de un clavo caliente para sobrevivir y ser felices.