Opinión: Los meseros son gente del cará

Comer fuera ya no es un lujo. Con la vida de locos que lleva la mayoría de la gente en esta isla, yo creo que las estufas de las casas están empezando a coger…

Por Dennise Y. Pérez @denniseypr

3 mar 2015, 11:00 pm 4 min de lectura
Opinión: Los meseros son gente del cará

Comer fuera ya no es un lujo. Con la vida de locos que lleva la mayoría de la gente en esta isla, yo creo que las estufas de las casas están empezando a coger moho.

Soy de las que llega a las casas y mira irremediablemente hacia las cocinas. Como no sé mucho de arte, admiro cocinas. No hay nada como una cocina bonita, moderna y limpia. Y si la usan de vez en cuando, ni te cuento.

A estas alturas de mi vida aún no he tenido mi cocina ideal. Amplia, iluminada, abierta, sencilla, pero práctica. Siempre he tenido cocinas a las que le falta algo que yo quiero. Eso sí, son cocinas con unas cuantas miles de millas corridas porque me encanta cocinar y lo hago con frecuencia, siempre con pasión y, modestamente, algo bien.

Pero soy al mismo tiempo una “comedora fuera de casa” bastante importante. Prácticamente todos los días de mis días laborables como una o dos veces fuera, dependiendo de la agenda y del tiempo. Cuando era periodista activa, creo que fue cuando peor comí en mi vida. El tiempo era poco y la agenda bien irregular, así que debo haber sido la persona que más servicarros visitó en una década, superada únicamente por los policías. Cuando vine a ver bien, ya parecía un hamburger, sentía que me estaba muriendo a los 30 y la del desayuno en McDonald’s me estaba pidiendo en Facebook.

Entonces empecé supuestamente a comer mejor, pero gastaba una fortuna. No me atrevo a sacar cuenta de lo que gasto comiendo fuera todos los meses. Debería hacer el ejercicio para modificarlo y abrir los ojos. Pero sermón de autoayuda fuera, comer fuera de mi casa me ha hecho una experta en meseros. Y también una gran admiradora de esta sección de la clase trabajadora.

Los meseros son gente del cará. Trabajan horas interminables. De pie, sudando y casi corriendo. Son en su mayoría trabajadores temporeros de esa industria, un paso intermedio entre jorobarse estudiando una carrera profesional y hacer unos chavitos para sobrevivir la etapa. Aunque la verdad es que con esta economía tan jodida, muchos llevan más tiempo de lo que aspiraron inicialmente a permanecer en la industria. La escasez de empleo y el acceso a la propina les han servido de incentivo para el tiempo extra.

Pero, la verdad, cuando hablamos de meseros, hay de todo, como en la viña del Señor. Los hay lentos y los hay dinamitas. Siempre está el del mínimo esfuerzo, siempre está el que excede tus expectativas. Está también el mudo y el que habla por un tubo y siete llaves. Nada que no ocurra en otras profesiones, pero recuerden que tengo más roce con un mesero que con un maestro —o cualquier otra profesión/vocación que no sea un gomero—. (Pensando ahora que los gomeros están haciendo más chavos que nadie en Puerto Rico. Ante el patético estado de las carreteras, ya no es ni novedoso ver gomeras operando 24 horas, los 7 días de la semana. Es más, son los negocios más prósperos en la 30 y en la 65 de Infantería, y mi local favorito ya me tiene en Whatsapp. ¡Qué Costco, ni qué Costco!).

Adoro los meseros proactivos pero cuidadosos, respetuosos de su cliente. Se presentan ante los clientes con mucha gracia y se encojen todos cuando se dan cuenta de que presencian conversaciones confidenciales que ponen a competir la sopa del día con el futuro de la economía.

Y puede que me caigan chinches, pero lo tengo que decir, sobre todo porque NO es culpa del mesero, sino del consumidor.  Me estresan mucho los meseros a los que le dices que quieres tal cosa con tal cosa más otra cosa y te responden que “con mucho gusto”, pero “por un costo adicional”. Pues, qué cosa, ¡dame el costo adicional porque no quiero ensalada, sino mofongo de yuca, triple y con tocineta!
Pienso constantemente en que están repitiendo mil veces el menú, mil veces las reglas, y los comprendo totalmente. Es de los trabajos más fastidiosos.

Mi esposo siempre se queja de que doy el 15 % de propina. Cuando vivimos en un estado, había que velarlo porque él entendía que lo correcto era el 20 %, así que como “a little extra” terminaba firmando un 30 %. Y me pedía que reconociera las circunstancias del “rubro” como le llama él siendo argentino, chef y gran persona.

Mi cocina no tiene moho. Por el momento, mi bolsillo tampoco. Pero voy a eregir una estatua de mesero. Debe representar a tanta gente para quien prender la estufa es simplemente imposible, por lo que agradece a un mesero. ¡Gracias!

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