Opinión: ¿Cuál es el valor del éxito en la isla?
Llegué a casa a las 8:30 p. m. Subí las escaleras casi corriendo porque quería ver a mi hija desesperadamente. Me recibió mi esposo y mi madre diciéndome: “Poe…
Por Natasha Sagardía @NatashaSagardia
Llegué a casa a las 8:30 p. m. Subí las escaleras casi corriendo porque quería ver a mi hija desesperadamente. Me recibió mi esposo y mi madre diciéndome: “Poe dio sus primeros dos pasos”. Una sensación de felicidad, orgullo y tristeza me invadió como un torbellino. “Me perdí los primeros pasos de mi hija”, dije hacia mis adentros. Tomé un segundo para respirar, dejé el maletín y la cartera sobre la mesa, me quité los tacos que ya no los aguantaba más y la levanté del suelo para abrazarla. En ese momento pensé: “¿Cómo mido el éxito en mi vida? ¿A qué le doy ese valor?”.
Esa noche venía de la primera presentación oficial sobre el evento mundial de deporte y cultura que gestiona mi corporación en Isabela. Fue una reunión intensa en la que, una vez más, me enfrenté a los retos que desafían el emprendimiento de un proyecto de gestión cultural en el país. Según el profesor de MAGAC [1]Javier Hernández, la cultura y la economía no eran consideradas como una relación hasta que surgió el concepto industrias culturales. Las industrias relacionadas con la cultura son, por su naturaleza, una invitación a la creatividad como elemento de producción [2].
La creatividad, para mí como mamá, estudiante, empresaria etcétera, es lo que debo estimular para lograr el balance entre la vida cotidiana y el empuje empresarial de mis emprendimientos. Como gestora soy creativa, pues no hay caminos obvios trazados, ni siquiera cuando los emprendimientos están basados en las políticas públicas del país. No es una queja: es más bien un ejemplo de cómo funciona una gigante maquinaria que le falta aceite.
Los primeros dos pasos de mi hija fueron el resultado de mucho aceite previo, aceite que coloqué en cada apoyo que le daba mientras empezaba a intentar soltarse. Es una metáfora; siempre escribo así. Las situaciones cotidianas me ayudan a diseñar una forma de pensamiento, como lo sugiere Tim Brown en su artículo “Design Thinking”. Pensar desde lo que uno experimenta ayuda a tener una relación con lo que importa, el bienestar común. No por una característica netamente filantrópica, sino porque el bienestar común es bienestar propio.
Estamos acostumbrados a medir el éxito con una satisfacción inmediata laboral. La tecnología ha cambiado tanto las relaciones interpersonales que con un texto resolvemos más rápido que con una llamada. Entonces, nos estamos olvidando de ponerle el valor del éxito al proceso y no necesariamente al resultado inmediato de satisfacción, en muchas ocasiones netamente económica.
Los dos primeros pasos que dio mi hija, en mi ausencia, fueron el resultado de mi trabajo, del aceite que le puse. Yo no presencié el éxito de su performance, pero, después de reflexionarlo, me di cuenta de que no hay que hacer para presenciar, hay que hacer porque se desea y porque se debe.
Mi reunión desafiante y los retos que debo enfrentar con ese emprendimiento de bien común son mi otra contribución aceitosa. Es seguir creyendo que en lo que uno siembra diariamente está el valor más exitoso y generoso, el valor de estar presentes en el momento en que se está.
[1] Por sus siglas, Maestría de Administración y Gestión Cultural de la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras.
[2] Hernández, Javier. (2013). La educación empresarial para el emprendedor cultural. Forum empresarial.
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